He aquí el Hombre

Esta semana el pueblo cristiano conmemora con recogimiento espiritual, el sublime acontecimiento de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo; suceso que trasciende nuestros sentimientos, a pesar de encontrarnos atravesando un mar de complicaciones como de incertidumbres ocasionados por la pandemia Covid-19.

En el principio, Jesús era el Verbo encarnado de Dios en el tiempo y la eternidad, haciéndose semejante a nosotros menos en el pecado; perfecto hombre y perfecto Dios, engendrado en el cáliz del “Lirio del Valle”, su madre María, desde donde su vida se hace “Amor”, como aroma que viene de la fuente y llena el alma del perfume divino que es esencia del sentido y luz del pensamiento, nos llega como en el tiempo cuando peregrinaba por Judea, recordándonos nuevamente su sublime doctrina, divinamente renovadora, desde que nos dice que la vida, no solo hay que conservarla, sino acrecentarla y realizarla con plenitud.

Él conocía en su sensible corazón las experiencias sobre nuestras debilidades como necesidades; actuaba sin afectaciones, más íntimo al hombre, que lo más íntimo del hombre, mucho más de lo que se supone; nada humano le parecía extraño y lo demostraba con sus palabras y sus hechos; lava con humildad los pies de sus apóstoles y comparte con ellos el pan y el vino, recordándoles el nuevo mandamiento: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado a ustedes”.

Sintió compasión y ternura hacia el joven rico, igual, sintió alegría en las bodas de Caná, lloró sobre la tumba de su amigo Lázaro, y cuando hablaba lo hacía como el Maestro Supremo, con la conciencia que dicta al hombre, la conducta que debe seguir y que lo distingue entre el bien y el mal. “El hombre bueno es aquel que demuestra que la sustancia de la ley está escrita en su corazón, mientras su conciencia da testimonio con ello y entre sus propios pensamientos, están siendo acusados y hasta excusados” (Romanos 2:15).

Sin embargo, Jesús ha sido víctima de la infamia y la crueldad, padece devorado por el tormento, la fatiga y el dolor, desgarrado el cuerpo por los azotes, escupido y escarnecido… ¡Ecce Homo! (He aquí el hombre).

Como oveja a la muerte fue llevado; y como cordero mudo delante del que lo trasquila, no abrió su boca (Hechos 8:32). Él carga sobre sí, el peso del castigo salvador, traspasado por nuestras iniquidades y dolido por nuestros pecados —Isaías 53:57— fue así que, bajo el angélico azul, con la dulzura de sus labios, exclamara la plegaria sublime del perdón: “Perdónalos Padre mío, no saben lo que hacen”; y así se cumplen las escrituras en las que debemos reflexionar en este tiempo de Semana Santa.

El autor es historiador.

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