En los años ochenta viajaba a Florida, Estados Unidos (EE. UU.) a pasar las navidades y año nuevo y mis estancias estuvieron llenas de alegría y aprendizaje. En especial con el idioma inglés, que me parecía divertido al escucharlo. Sonaba nuevo y raro, y era genial aprenderlo sin perder mis raíces, pues es natural el instinto de preservación de lo nuestro. Las raíces son columna vertebral, por eso se deben cuidar con esmero. Protegemos nuestras raíces, las cultivamos para que crezcan y se desarrollen. Protejo mis raíces indígenas, mis raíces hindúes y mis raíces españolas. Protejo mis raíces nicaragüenses. El cultivo de la vida interior es una ardua práctica y disciplina la cual debe estar iluminada por la ética.
La ética es una lámpara que nos ilumina. Definir a un ser humano a partir de su nacionalidad o etnia y/o raza es un tema complejo porque tenemos alma. Definir el alma ha sido una larga historia en la teología y la filosofía. La historia de nuestra alma empieza con el primer soplo divino de Dios al momento de crearnos.
Once años después regresé a ampliar mi horizonte conociendo otros estados como Nuevo México, Ohio y Pensilvania. Y es extraño convivir con gente de otra cultura. Hablan diferente, caminan diferente, nos ven diferentes, los vemos diferente. Aprendo qué es la nación americana, porque recuerdo las clases y las lecturas de mi maestro Alejandro Serrano Caldera sobre La Nicaragua Posible y es inevitable pensar en el Estados Unidos posible. Veo en los medios de comunicación los debates y conferencias de Jeb Bush y observo cómo ha cambiado el país. Se conservan los valores vertebrales de nuestras raíces, pero EE.UU., país de inmigrantes se ha abierto a otras culturas.
Es inevitable pensar en su unión con Columba Bush, mexicana, hispanoamericana, y no preguntarse qué somos como seres humanos. En nuestra vida secular sentimos también llamados a la conciencia de la nación y al respeto por la patria. Y en esa secularidad reflexiono sobre la llamada (teoría de) interracialidad, reflexiono porque siento una fuerte inclinación a la preservación. Las estadísticas dicen más de la cuenta, aproximadamente 57.7 millones de hispanos en EE. UU., país de inmigrantes; recuerdo la fuerte campaña de las elecciones pasadas en noviembre de 2016, en las cuales sentí el fervor patriótico de los estadounidenses, bien organizados y entregados por completo a ese difícil compromiso que es la democracia. Adoptar una cultura implica un respeto profundo por las raíces de esa cultura. En este sentido, me digo, Jeb Bush es adoptado por los mexicanos y pienso en la fortaleza de la mujer hispana en EE. UU.
Reflexiono sobre el significado de la interracialidad y en qué hace posible que una cultura distinta coexista pacíficamente con la otra. No estamos obligados a la llamada interracialidad, pero no deja de sorprender cuánto ha cambiado el vivir la hispanidad en EE. UU. Conceptos como pureza espiritual, belleza del alma, mestizaje, futuras generaciones, se abren como esferas de pensamiento y realidad. Ser americano, me digo, es ser también el judío Shadrak Cohen, en ese maravilloso cuento que nos deja como lección no avergonzarnos de dónde venimos y la importancia del trabajo constante contra viento y marea, pero sobre todo, nos enseña Cohen, ser americano es preservar nuestras raíces.
La autora es escritora y profesora.