Cualquier reforma electoral, ya sea la que la OEA está negociando con el régimen —y de la cual no se conoce nada—, o alguna de las reformas sustantivas que demandan la oposición y organismos de la sociedad civil, no serviría para nada si no hay voluntad política para ponerla en práctica.
La verdad es que, como advierten algunos analistas políticos, con la misma Ley Electoral que existe actualmente se podría hacer una elección básicamente limpia y decente. Es cierto que por las restricciones que tiene esta Ley para la competencia política partidista, seguramente no sería una elección completamente justa, pero en general si se hace limpiamente se le podría considerar más o menos normal y aceptable.
Por otra parte, por muy buena que sea la reforma electoral en la práctica no serviría para nada, si quienes la van a aplicar son las mismas personas que han sido autoras de todos los grandes y pequeños fraudes de los últimos 10 años. Si así fuese, el resultado de tales elecciones sería el mismo que los de 2008 o 2016.
En las circunstancias actuales solo puede haber elecciones justas y transparentes si el régimen de Daniel Ortega las permite. Pero esto solo sería posible, primero, si por un milagro Ortega se convirtiera de repente en un demócrata honorable y reconociera la necesidad y conveniencia para Nicaragua de la libertad de elegir y la alternabilidad en el poder. Segundo, si la gente saliera a la calle en grandes multitudes para exigir comicios libres y limpios y no abandonara la lucha hasta que su justa demanda fuese satisfecha. Y tercero, si como resultado de las presiones externas o una combinación de estas con la resistencia interna de los nicaragüenses, Ortega se viera obligado a permitir la realización de elecciones competitivas, como ya las tuvo que permitir en el pasado, en febrero de 1990. Pero en política no hay milagros.
En todo caso, hay que estar claros de que por muy buena que sea una reforma electoral, aislada de otros factores de cambio no tendría ningún efecto positivo. La reforma electoral y las elecciones son solo el medio para alcanzar el objetivo estratégico de cambiar el gobierno y realizar las reformas institucionales que se necesitan para restablecer la democracia en Nicaragua.
Hay un gran consenso general en que en la actualidad la vía electoral es la más adecuada e incluso la única para salir de una dictadura. La lucha armada es obsoleta e inviable, y en la experiencia de Nicaragua solo ha servido para que se instale otra dictadura. De manera que por muy difícil que sea, hay que crear las condiciones necesarias para tomar el poder de manera pacífica, entre ellas un sistema electoral apropiado.
Está claro que el país necesita transformaciones institucionales mucho más importantes que las elecciones, como por ejemplo la independencia de la justicia, el Estado de derecho, volver a profesionalizar las fuerzas armadas y combatir la corrupción. Pero nada de eso se puede hacer si antes las fuerzas democráticas no toman el poder, para lo cual es indispensable que hayan elecciones libres, justas, competitivas y transparentes.