Ciudad de Dios
Gonzalo Cardenal M.

Fallece actriz erótica Laura Antonelli

La famosa actriz porno italiana Laura Antonelli ya solo rezaba y oía Radio María: su párroco fue su último amigo. Fue un mito del cine erótico de los 70, muy popular en toda Europa.

Junto con sus últimas voluntades, dejó escrito que en caso de muerte querría tener a su lado solo a cuatro personas: su hermano Claudio, el actor Lino Banfi, Claudia Koll, mito erótico como ella, aunque veinte años después y, que, como ella, también convertida a una vida cristiana (y cuyo testimonio relaté la semana pasada) y Alberto Mazzola, su párroco en Ladispoli.

En sus últimos años se limitaba a estar en su casa, salir a hacer la compra y acudir a la iglesia, últimamente ya ni eso. No era una cuestión temperamental, la torturaban los dolores de espalda.

En su parroquia se celebró  el funeral, y lo ofició su último amigo, don Alberto. “Era una persona frágil pero muy religiosa y devota”, explica el sacerdote: “Era una persona particularmente esquiva e introvertida”.

Los vecinos la veían recluida en su casa, sin televisión ni libros, solo escuchando programas religiosos de radio. Lo confirma la actriz erótica Claudia Koll, una de las pocas personas que se ganó su amistad.

“Fui a encontrarme con ella en 2011 porque sabía que estaba mal”, recuerda: “Laura me acogió bien y nos hicimos amigas. Quería llevarle mi afecto y la fuerza de Cristo, porque sentí que teníamos mucho en común: ambas antiguas actrices y hermosas, en un cierto periodo de nuestra vida habíamos encontrado a Dios, la fe. Yo sabía que también ella había encontrado la fe, que rezaba todo el día sintonizando Radio María. Le regalé un cuadro al que yo le tenía mucho cariño, porque quería transmitirle la fuerza de la vida; era un rostro de Cristo de la Sábana Santa”.

El recorrido de la cima al abismo había sido muy duro para Laura. Era croata de la vecina e italianizada Istria. Tuvo una infancia que ella misma calificó de “dispersa e infeliz”, con muchos cambios de residencia en Italia. Todo empezó a sonreírle a partir de 1965 cuando hizo su primera película, y en particular a partir de los años 70 y primeros 80. Entonces se convirtió en reina indiscutible de un cierto tipo de cine erótico. Intentaba dignificar un género hasta entonces considerado sórdido que había surgido en esa época.

No solo lucía belleza: demostraba talento, y fue dirigida por maestros como Luchino Visconti o Jean-Paul Rappenau. Mantuvo con Jean-Paul Belmondo una relación entre 1972 y 1980 que catapultó su fama aún más fuera de Italia. En la segunda mitad de los ochenta aún protagonizó algunas películas de éxito.

Todo se fue viniendo abajo después como un castillo de naipes, hasta acabar sola, enferma y con escasos recursos materiales. Su arresto por drogas supuso un calvario judicial (ella alegaba que eran para su consumo personal, no para traficar), y tras diez años de recursos ganó el juicio y tuvo que ser indemnizada.

En ese proceso, sin embargo, su vida había dado el vuelco definitivo hacia Cristo. La mayor parte de los ciento cincuenta mil euros de indemnización recibidos fueron destinados a obras de caridad.

Su abogado cuenta que “tenía una grandísima dignidad y un orgullo muy fuerte. Creía que su vida debía ser la de vivir con poco en un apartamento, con dignidad y como una persona que está en casa, sale a hacer la compra, va a la iglesia y no ve a nadie. Quería vivir en la oración. Repetía a menudo que no le interesaba la vida terrenal. Y estaba segura de que sería premiada ‘después’”.

El autor es miembro del Consejo de Coordinadores de la Ciudad de Dios.
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Opinión
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