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Arnoldo R. Martínez R.

La conducta humana en la corrupción

Naciones Unidas, el Banco Mundial y Transparencia Internacional han definido la corrupción como “el abuso del poder para beneficio privado”. Gobierno, corporaciones, empresas y sociedad corruptas obstaculizan el desarrollo económico, generan déficit de gobernabilidad, fomentan ambientes antidemocráticos, anulan valores morales, irrespetan la Constitución, ignoran la justicia y equidad social, atropellan la dignidad de las personas, instauran la ineficiencia en la gestión pública, despilfarran los fondos estatales, perjudicando, particularmente, a los más desposeídos.

Desde la década de 1990 la comunidad y organismos financieros internacionales activaron una agenda orientada a erradicar prácticas corruptas y promover el “buen gobierno”. Sin embargo, buena parte de las investigaciones sobre corrupción sustentan sus enfoques en aspectos económicos-financieros, pero sin interiorizar en sus orígenes. Se han creado leyes, normativas y sistemas; la banca multilateral solicita transparencia para asignar préstamos y manejar recursos con un impacto marginal, evidenciándose la universalización y sofisticación de los delitos de corrupción.

La antropología no había sido integrada a las investigaciones sobre esta oscura práctica social. Hoy, para ahondar en sus raíces socioculturales se analizan sus orígenes, comportamientos, descalabros funcionales en las personas, trayectos en la cultura, movimientos sociales y conducciones político-económicas, en fin, sus huellas en la sociedad. La antropología se apoya en observaciones y conversaciones informales con la gente, ricas en anécdotas, confesiones y acusaciones, de las que se puede confirmar prácticas corruptas. Esta evaluación de percepciones tiene sus límites, pues su análisis son aproximaciones a la realidad.

Con frecuencia se dice que son otros los corruptos, que no hay corrupción generalizada, pues solo está en los niveles bajos e intermedios. Las encuestas indican que no es prioridad de la gente combatir este delito presente en la mayoría de países. Cuando se justifica que la corrupción depende de las circunstancias se quebrantan principios morales y se desenfrena su actuar: 70 por ciento de multas por infracciones de tránsito son evadidas con dinero; hay pago de coimas por trámites rápidos; abogados y contadores incumplen sus códigos de ética y atienden solicitudes ilegales de sus clientes; ingenieros y arquitectos se alejan de los parámetros de construcción; médicos que olvidan su juramento hipocrático.

A veces, de manera voluntaria, obviamos conductas en el hogar, y dejamos que nuestros niños se apropien de cosas de la escuela. Hay padres que se llevan del trabajo artículos de oficina, que incumplen lealtades entre sí, o engañan a sus hijos y viceversa. Se interactúa con empleados de gobierno y basados en dinero se contravienen regulaciones; se incumplen contratos entre particulares, o se transgreden la calidad y tiempo pactados; los socios mayoritarios de algunas compañías ocultan información y defraudan a los minoritarios; el sector público se colude con el privado, y generan sobornos, fraudes, favores políticos, malversaciones, contrabandos.

La mayoría de investigaciones recientes concluyen que la corrupción es un trastorno social que gesta la descomposición y desintegración comunitaria. Está más relacionada con nuestra naturaleza, orígenes y cultura, implica la manera de ver y solucionar situaciones. Pareciera que hay una genealogía política, pues algunos países son menos corruptos: Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia. Otros son más corruptos: Grecia, Italia, España, Francia, Inglaterra, Portugal, México, Colombia, Brasil. Igual sucede con dictaduras y gobiernos autoritarios.

El acto de corrupción ocurre cuando se conjugan: entorno apropiado, oportunidad y personalidad. Se premeditan y razonan costos, beneficios y riesgos. Algunos de sus síntomas corresponden a trastornos narcisistas y antisociales. Aquellos son ególatras, se creen superiores, carecen de emociones para conectar con los demás, necesitan ser admirados, y usan a otros para fortalecer su autoestima. El antisocial manipula, viola leyes, no se responsabiliza de sus actos; es frío y calculador; no se arrepiente, carece de miedo y control de sus emociones; rechaza normas éticas y morales; tiende a la violencia física o verbal; cree ser invulnerable y que sus delitos no serán descubiertos y castigados.

La desaparición de lo ético-moral altera de manera negativa las costumbres honestas. En sociedades con patrones disfuncionales se enfrenta el riesgo que los corruptos sean considerados normales, y que algunas veces hasta sirvan de ejemplo. Los corruptos inician con actos menores, que al repetirlos se agravan. El cerebro tiene dispositivos para evitar comportamientos indebidos, expresados con incomodidad al delinquir. Sin embargo, este mecanismo puede dejar de funcionar, y los delincuentes llegan a considerar normal ser antisocial. Estas personas son influenciadas por culturas externas.

Está comprobado que en la enseñanza de los niños influyen de manera determinante la conducta de sus padres. Los hábitos adquiridos durante el crecimiento impiden que, en condiciones culturales y sociales similares, no toda la gente sea corrupta. Se nace con patrones que crean comportamientos de uso diario, y que son moldeados mediante aprendizajes y cultura. El buen trato, la eliminación del estrés, y el cariño recibido en la infancia desarrollan perfiles emocionales positivos, que heredados fijan lo motivacional y emocional, construyéndose un clima con fundamentos éticos y morales.

La vida familiar disfuncional impide que los niños desarrollen habilidades para enfrentar problemas, tomar decisiones correctas y socializar. En general, estos son rechazados por sus compañeros saludables, lo que los lleva a unirse con otros con problemas similares, originando grupos con rasgos antisociales. Sin control, sin educación, con refuerzos negativos y patrones culturales que conciben el delito como costumbre, esas personas son frágiles y expuestas a delinquir. Los hábitos corruptos en sociedades como la nuestra tienen su origen en casas y colegios, que aceptan actuaciones que predisponen a los individuos, reafirmados al crecer en un entorno que admite la delincuencia. El fenómeno en Nicaragua es crónico y de crecimiento exponencial. La avaricia, codicia, envidia y soberbia son incentivos que propician procederes utilitarios que nos alejan de la rectitud y nos transforman en seres desprovistos de humanidad.

Urge romper este círculo con relaciones emocionales positivas desde el nacimiento y adquirir contenidos académicos orientados a favorecer el contexto social.

El autor es contador.

Opinión casos de corrupción archivo

COMENTARIOS

  1. ramon aguilar
    Hace 9 años

    Las personas que practican ese desorden mental son pobres de espíritu.

  2. Jose
    Hace 9 años

    Lamentablemente no se pueden deshacer los egos(avaricia,codicia,envidia etc,) a menos que encontremos la paz interior lo cual es bastante difícil por la lucha constante en la conciencia entre el ser y el ego. Si todos tuvieramos la conciencia despierta, no habría acciones malas, el amor sería quien gobernaría nuestras acciones y viviríamos en armonía.Pero no es así por los egos nos autodestruimos y no nos damos cuenta que también destruimos a los demás.

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