Juno es en la mitología romana la esposa de Júpiter y diosa madre del Olimpo. Equivale en la mitología griega a Hera, la esposa de Zeus, pero aunque son equivalentes también son distintas.
Como dice el lingüista miembro de la Real Academia Española, Fernando Lázaro Carreter, Juno, la que da nombre al mes de junio, “su función en el Gabinete olímpico, aparte de la de proteger parturientas, consistía en velar por el Estado”.
Juno es hija de Saturno y Rea, hermana de Júpiter (que también es su esposo), Neptuno, Plutón, Ceres y Vesta.
Las ciudades de Samos y Argos se disputaban el honor de haber sido su cuna y por eso en ellas se erigieron los templos más hermosos de la diosa, además del santuario que tenía en Roma como parte de la denominada Tríada Capitolina, junto con Júpiter y Minerva.
Juno era la diosa protectora de las mujeres embarazadas, de las parturientas y los recién nacidos.
Una vez al año, las mujeres casadas de Roma le ofrecían una gran fiesta que se conocía como la Matronalia. Esta fiesta coincidía con la conmemoración del acuerdo de paz de los romanos con los sabinos, después de la histórica batalla del Lago Curcio cuando ambos pueblos decidieron unirse bajo el poder central de Roma. Pero también la Matronalia coincidía con la conmemoración del nacimiento de Marte, el dios de la guerra, hijo de la misma Juno y de Júpiter.
Igualmente se le llamaba Juno Moneta (la que advierte, o avisa) porque avisó a los romanos de un ataque de los galos y por eso pudieron salvarse y salvar a Roma. Debido a ese hecho legendario se le rendía a Juno un culto especial, como diosa protectora del Estado.
La leyenda es así:
Transcurría el año 390 antes de Cristo. Los galos habían invadido las tierras itálicas y tan arrollador era su avance que estaban a punto de tomarse la ciudad de Roma.
Los romanos se alarmaron. Los que podían escapaban en dirección contraria al avance de los galos. Los objetos sagrados de los templos fueron cargados en carretas y enviados a lejanos lugares, bajo el cuidado de las vírgenes vestales y de hombres armados encargados de protegerlas.
Los ancianos y demás personas que por estar enfermas, tener impedimentos físicos y otras razones no podían escapar, se resignaron a esperar la muerte a manos de los invasores. Pero muchos (mujeres, niños, los senadores más fuertes, jóvenes con capacidad de empuñar las armas y una buena cantidad de soldados y oficiales) se replegaron a las colinas del Capitolio y Arx, la ciudadela que era el punto más elevado y mejor fortificado de Roma. Allí estaba el templo de Júpiter Óptimo Máximo, consagrado también a los otros dos dioses integrantes de la Tríada Capitolina, y se tenía como el lugar más sagrado de la ciudad. En la parte del templo dedicada a Juno permanecía una parvada de gansos que por ser consagrados a la diosa eran animales sagrados.
Los invasores comenzaron a subir la colina defendida por los últimos combatientes romanos, a los que a pesar de la superioridad numérica y la feroz embestida no los pudieron reducir.
Los galos bajaron a la parte llana como para simular que se retiraban y esperaron que llegara la noche para tratar de sorprender a los romanos.
Al filo de la medianoche, cuando los romanos dormían vencidos por el cansancio y solo unos cuantos centinelas vigilaban, pues esperaban que el enemigo solo volvería a atacar hasta el día siguiente, los galos subieron en silencio y llegaron hasta la cima, sin que los guardias se dieran cuenta. Fue entonces que los gansos comenzaron a graznar ruidosamente, algunos incluso atacaron a los intrusos y despertaron a los romanos que se alzaron al combate y repelieron el ataque.
A partir de ese incidente y como de manera providencial, cambió el curso de la guerra, los romanos tomaron la iniciativa y pronto comenzaron a obligar a los galos a retroceder, hasta vencerlos definitivamente; gracias a la ayuda de los gansos sagrados de Juno, quien por eso y desde entonces fue declarada protectora de la ciudad y del Estado y se le puso el epíteto de Juno Moneta (la diosa que avisa y protege).
También se dice que el sobrenombre de Moneta se le dio a Juno porque era protectora del dinero. Lo que pasó es que algún tiempo después de la guerra con los galos, al lado del templo de Juno Moneta los romanos establecieron la Ceca, como llamaban al sitio donde se elaboraban las piezas de metal que servían de dinero para facilitar el intercambio.
De allí derivó la costumbre de llamar monedas a dichas piezas metálicas y así se les llama hasta ahora en los principales idiomas del mundo.
Sin embargo, por encima de todo Juno Moneta era la diosa protectora de la ciudad y del Estado.