Socorro Romero, Managua autóctona —su abuela vivía cerca de la iglesia de Candelaria, antes del terremoto de 1931—, no se pierde ningún año las festividades de Santo Domingo. Participa en la “Roza del Camino”, la “bajada” del santo en la iglesia de Las Sierritas y el alegre “Coloquio” de esa misma noche del 31 de julio; en la “traída” hacia Managua, asiste a alguna misa en la iglesia de Santo Domingo y finalmente el 10 de agosto va a la “dejada” del santo en Las Sierritas, quedándose hasta la subida de la imagen a su altar.
Socorro sonríe maliciosamente cuando le pregunto su edad, más de 60 años me responde —le calculo arriba de 70—. ¿Por qué no se pierde las fiestas? “Porque mi familia siempre lo ha hecho, es parte de nosotros, somos managuas”, dice. “Mi abuela me contaba que ella iba con su abuela”. ¿Ha recibido algún milagro del santo? “No”, contesta “pero yo estoy segura que Él siempre vela por mí y por mi familia, es nuestro protector”.
Bernabé Moraga, originario de Granada, vive en Managua. Cuando era niño padecía de “calenturas perniciosas”, los médicos no lo curaban, su madre se lo ofreció a Santo Domingo y las fiebres desaparecieron. De eso ya son treinta años. Desde entonces, asiste a las fiestas entrando de rodillas a la iglesia; también distribuye comida entre los promesantes. El santo le cumplió, él le cumple.
María Calero, de Chontales, también reside en Managua; su esposo enfermó con diabetes, se lo ofreció a Santo Domingo, pero el esposo falleció. No hubo milagro. Tenía una imagen del santo en una repisa en la sala de su casa; la guardó en el ropero y no volvió a participar en las fiestas.
Entre los miles de asistentes a las fiestas-carnavales de Santo Domingo, hay personas que lo hacen con cierto sentido de fe religiosa. A la base de toda fe está el deseo primario del ser humano de encontrar sentido a su existencia, de tener seguridad en su vida, algo que le ayude a entender por qué ocurre lo que ocurre, a tener esperanzas y a paliar el dolor.
Ante el misterio del ser y la angustia del existir, ante a sus bendiciones y dolores, en busca de esas respuestas, los filósofos y científicos elaboran teorías y protocolos aplicados; los teólogos y místicos, en base con los postulados de las diversas religiones, proponen corpus conceptuales y ritos institucionales. Por distintos caminos buscamos encontrar la explicación del ser y el control de los fenómenos que operan en nuestras vidas, dándonos satisfacciones y también dolores. El científico, el filósofo, el teólogo, el devoto popular, aunque con elaboraciones que pueden parecer muy distintas, tienen en la base la misma inquietud común a la humanidad.
En los relatos de los devotos que hemos referido, Santo Domingo es un ser que goza de proximidad a la divinidad, a las fuerzas que nos controlan. Pero lo más importante, es que al convertirse en “devoto del santo”, pasa a establecerse una relación cercana, se tiene a una persona con quien se puede dialogar, concertar, sentirlo parte del grupo y de la familia. Es su “Minguito”, “Mingo”, para decirlo con más confianza.
En el relato de Socorro es evidente ese sentido de identidad, de pertenencia grupal, familiar; “Minguito” siempre ha estado con la familia y la protege. Hay que conservar esa proximidad, celebrando al santo, honrándolo en su día.
Francisco fue beneficiario directo de un favor, lo retribuye con sacrificio personal, que a la vez de testimoniar la fidelidad del devoto, resalta el poder del santo. Y con esa transacción garantizar la continuidad de la protección.
María, por otro lado, no logró el favor del santo. Rompió relaciones con él, lo castigó, en una reacción muy humana. Ahora es devota de la Virgen María Auxiliadora.
Con todo, los devotos que asisten con este tipo de fe en Santo Domingo, probablemente son una minoría entre los miles de miles que participan en el carnaval, ya sean disfrazados, embriagados o simplemente divirtiéndose con la música, bailes, juegos y parafernalias. Jolgorio que parece estar presente desde antaño: “Las calles de Managua se convertían en ese lapso en un grotesco y alegre carnaval”, escribe Gratus Haftelmeyer, describiendo las fiestas a inicios del siglo XX.
Lo que llamamos “carnaval”, es decir una masiva fiesta callejera, en que hay libertad para expresiones cotidianamente censuradas, es un fenómeno común a muchas culturas. Un momento de desinhibiciones, de catarsis, de poder consentido de la muchedumbre, de libertad placentera de los sentidos. Existían en antigüedad romana y griega, en la Edad Media europea, y en nuestras culturas aborígenes. Oviedo, el cronista de indias, narra que a interrogatorio de los frailes, los aborígenes de Nicaragua expresaron que tenían once fiestas en el año, dedicadas a sus deidades, en las cuales “no trabajamos ni entendemos en más de emborracharnos”, en otro momento habla de “cierta fiesta muy señalada” en que las mujeres tenían libertad de juntarse con quien les placía o les pagara, aunque fueran mujeres de rango muy importante, y después de las fiestas cada quien volvía a su vida normal.
Las fiestas agostinas, como otras de nuestras festividades populares, —San Jerónimo, San Silvestre—, tienen rasgos de sincretismos entre las culturas indígenas y la española. Aquí no tenemos registros de carnavales, como en otra latitudes de América —Panamá, Bolivia, Brasil, Nueva Orleans…—, pero están sustituidos con las fiestas patronales y las tradiciones indígenas subsumidas en ellas.
La imagen de Santo Domingo, “domini canes”, tiene a sus pies una figura de perro, el símbolo del dios Xolotl, que los indígenas representaban con cabeza de perro. Santo y deidad indígenas representados, sincréticamente unidos. Hoy quizá ningún devoto será consciente de ello. Habría que ver en su origen, el cual parece ser que es mucho más antiguo que 1885, fecha establecida por el P. Pinedo en recopilación de la tradición oral. Jorge E. Arellano demostró documentalmente que la festividad ya era popular en 1853 y Clemente Guido, lo reafirmó con datos de la Gaceta de Nicaragua de 1865.
Los datos parecen indicar que su origen se remonta a tiempos en que los nicaragüenses aún teníamos vigentes creencias indígenas que se amalgamaron con cristianas españolas.
Creencias arraigadas en las necesidades más profundas del ser humano: espirituales, psicosociales, cognoscitivas y sensuales.
¡Viva Santo Dominguito!
El autor es psicólogo social.