Decíamos en la entrega de la semana pasada que, en gran medida, los programas de educación sexual que se imparten en los colegios del mundo entero tienen como objetivo “cambiar las actitudes, los comportamientos y las normas sociales mediante la mejora del conocimiento y la comprensión de los riesgos de la iniciación sexual temprana y la importancia de los anticonceptivos y/o el uso del condón”.
Por ejemplo, uno de los programas sexuales de un colegio del Reino Unido, incluido en esta investigación, afirma que pretende “mejorar las competencias en la comunicación sexual, el uso del condón y el conocimiento del embarazo, enfermedades de transmisión sexual, métodos anticonceptivos y servicios de salud locales”.
Sin embargo, los resultados de este macroestudio muestran que los que están imponiendo estos programas en realidad no saben lo que en la práctica funciona o no funciona. Están dando palos de ciego.
Estudios anteriores se basaban en las conductas que los propios jóvenes comunicaban, por lo que eran muy poco fiables. En este caso Cochrane (los nuevos investigadores que mencionamos en la entrega anterior) acertadamente solo incluyó los estudios que ofrecen resultados biológicos medibles en registros, y una vez que eliminaron los informes con alto riesgo de sesgo, el resultado que hallaron fue el “nulo efecto” de estas políticas en los jóvenes.
La experta en Bioética y jefa de políticas públicas del Christian Medical Fellowship (CMF) del Reino Unido, Philippa Taylor, analiza el efecto que debería tener en el futuro la aplicación de los programas de educación sexual según los resultados de este estudio.
En primer lugar, considera que estos datos deben ser un fuerte llamado de atención a las políticas de salud pública centradas en los jóvenes y la sexualidad para que empiecen a tener en cuenta la calidad de los estudios que se basan en la ideología de género.
En segundo lugar, Taylor apoya que existan programas de educación sexual en las escuelas, pero considera que son mucho más eficaces en la educación secundaria. Siempre y cuando estos programas tengan un enfoque distinto.
En tercer lugar, estos nuevos científicos llaman a reflexionar a los responsables de los planes nacionales que promueven el sexo y las relaciones sexuales a los jóvenes en las escuelas para que reconsideren su posición, tras analizar los resultados de estos nuevos informes.
Philippa Taylor dice no estar sorprendida con este estudio, pues “las estrategias de salud sexual actuales para hacer frente a los embarazos de adolescentes se basan principalmente en tres supuestos falsos: que la anticoncepción es segura, que los jóvenes lleguen a aplicarla, y que la abstinencia es imposible”.
Del informe sí se desprende otra conclusión importante, sobre todo para los países pobres y en vías de desarrollo, y que sí incide en una reducción de los embarazos y los contagios. Se trata de la escolarización. En algunos de estos países, incentivos como un uniforme gratuito, puede animar a los estudiantes a permanecer en la escuela, y esto sí que redujo a una cuarta parte las tasas de embarazo y la transmisión de enfermedades sexuales.
(Javier Lozano / ReL29 noviembre 2016).
El autor es miembro del consejo de coordinadores de la Ciudad de Dios.
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