En el 2009 Nicaragua ya estaba eliminada en su segundo partido de la Copa Oro. Dos derrotas 2-0 consecutivas. Primero con México y luego Guadalupe. En ese año Panamá recetó una goleada 4-0. Ahora el partido terminó con decoro, pero el resultado es el mismo: adiós a la Copa Oro aunque las matemáticas digan lo contrario. Para buscar lo imposible había que jugar con el nivel de adrenalina por las nubes, saltar de la mediocridad a lo sorpresivo. Nicaragua nunca pudo cerrar las grietas defensivas y fue castigada con una dolorosa derrota 2-1.
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A veces cuando la supervivencia está en juego suceden milagros. Y ocurrió a medias con el gol fantástico de Carlos Chavarría (48’), una parábola que se enmarcará en la memoria de los nicaragüenses. Jugando mal la Azul y Blanco había provocado el asombro. Era el momento de pararse firme y soportar el apocalipsis que se vendría, pero la defensa pinolera se ahogó en su propio vaso de agua. Lamentablemente sólo fue un minuto de felicidad.
El gol de Chavarría
Aunque la ilusión de avanzar a una siguiente etapa se había quemado en la hoguera de incertidumbre de este equipo frente a Martinica. El gol de Chavarría ante los canaleros propició el renacimiento de la esperanza. Fue un minuto donde se detuvieron los relojes. Hubo fuegos artificiales en el corazón de los fanáticos y de los jugadores, hasta que el campo se partió al 49’, cuando Ismael Díaz empató el encuentro.
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El problema de Nicaragua es que posee una defensiva muy endeble. Ninguno se mostró a la altura de las exigencias. Ni con Martinica ni tampoco Panamá. Fernando Copete y Erick Téllez perdían las marcas fácilmente, mientras Josué Quijano y Manuel Rosas por los laterales no reflejaban colmillos, como trenes sin freno atacaban los extremos panameños. La preocupación de Panamá nunca fue como entrar en el área sino calibrar la brújula para definir.
Barrera se volvió a lucir
Con Juan Barrera todo es diferente. El “Iluminado” fue incidente en gran parte del desafío. Una luz entre tanta oscuridad. Pero con un solo jugador así, el país choca con una realidad: escasez. Después de un primer tiempo donde Nicaragua recurrió a la fortuna para mantener a cero su portería, el entrenador Henry Duarte, sacrificó a Eulises Pavón (delantero) por Luis Peralta un contención. Duarte sabía de la vulnerabilidad pinolera, pero también era consciente que no existe personal humano para detener la hemorragia.
Siete minutos posterior del gol de Díaz cayó el tanto de Gabi Torres. Otra vez entró al núcleo defensivo, se sostuvo cerca de 40 segundo sin marca alguna, espero el centro de su compañero y sin ningún vecino que lo incomodara disparó para liquidar el encuentro. Los esfuerzos pinoleros eran inútiles. Cada vez estaba más cerca la ampliación del rival que el descuento nicaragüense.