Son excepcionales los conciertos de Cámara donde solo convergen el piano y el clarinete, una combinación que ofrece la selecta esplendidez de dos instrumentos que se diferencian en la exposición armónica. Haberlos juntado para constituir un dúo de cámara obedece a una preparación previa que solo la alianza premeditada del virtuosismo y la vocación es capaz de concretar con los efectos exquisitos, motivados por la perseverante afinación, el ensayo riguroso requerido por el acoplamiento más exhaustivo en la categoría de los concertinos.
Dos hermanos se unieron para redondear a la filigrana: Bettina Aust y Robert Aust, figuras jóvenes del talante distintivo. El concierto tuvo como sede al escenario estelar del Teatro Nacional Rubén Darío, auspiciado por la Embajada de Alemania donde los frutos en pompa siguieron los signos de la tabla temática de los clásicos: Luigi Bassi, Franz Liszt, Francis Poulent, Carlos Camilo Saint Saens y Carl Von Weber con la meta de satisfacer los recursos maravillosos de esos instrumentos elegidos por los autores para ser los dueños específicos del espectáculo. Amadeus Mozart los puso en la cumbre de la música de cámara con solo darle categoría protagónica al clarinete en el encantador quinteto.
Bettina se puso de pie frente al instrumento de viento realizado en madera al poner la mirada prudente en el atril con la personalidad vertical de su imagen en los instantes en que sus habilidades eran las depositarias de la primicia. Tanto su sensibilidad como la capacidad técnica concentraron la atención en ese gracioso exponente lírico. Airoso el clarinete en el bi-bemol, en la octava descendente, en el registro grave y dramático suficiente muestra para dejar constancia de la sorprendente variedad donde en otro tipo de interpretación de tipo bucólico aparece el cu cu idílico de los pájaros.
Por otro lado Robert Aust hizo gala del sonido horizontal reflejado en el piano de cola —su majestad en el escenario— de timbre más rico y de una absorbente sonoridad aumentada por la energía puesta en el teclado por el solista, quien hizo del pianissimo una excepción una vez hecha la introducción en los fantásticos compases de Luigi Bassi. Se ha dicho que el piano tiene la particularidad de asemejarse a una orquesta sinfónica cuando los ojos del diletante están cerrados y bien abiertos los oídos en la compensación. Fue a esa plenitud sonora que el clarinete en parte del trayecto llevó la iniciativa del tema lejos de comportarse como un elemento secundario. Solidario el gigante de cola con la atrevida jovialidad del pequeño pero locuaz instrumento. Solo en una ocasión el pianista figuró como solista. Fue en la interpretación que hizo de las reminiscencias de Norma, Franz Liszt figurando el nombre evocado como el símbolo de la espontaneidad reflejado en el estilo personal del rapsoda que hizo del amor —génesis de la bella melancolía— una fuente temática privilegiada. Encomiable es la versatilidad de esta pareja fraternal no solo en la combinación referida sino en otras donde ha surgido la participación de autores que igualmente se consagraron en las formas extraídas del virtuosismo los cuales los convierte en académicos especializados en la esencia dejadas por autores imperecederos como Chopin, Beethoven, Grieg, Schumann, Prokofiev y Rachmaninov.
El dúo Aust fue el reciente ganador en el concurso de la música de cámara internacional de Italia. Son los voceros de la música que nunca muere.
El autor es periodista.