Me aparto —por esta vez— del contenido habitual de esta columna por una razón más que justificada: para rendir homenaje público a doña Magdalena Úbeda viuda de Rodríguez, al cumplir sus fecundos 90 años de vida.
Viajé hasta Estelí para expresarle personalmente este reconocimiento. Pero siento la necesidad de hacerlo también desde esta columna de LA PRENSA, que es y ha sido siempre el periódico de doña Magdalena, el Diario de los Nicaragüenses que ella siempre ha leído y para el cual ha escrito sus brillantes artículos de opinión, culminando con una excelente serie sobre Rubén Darío, el año pasado.
Doña Magdalena no ha sido una “primera dama” de Nicaragua según el título oficial que se da a las esposas de los presidentes. Doña Magdalena es una “dama rebelde”, como la ha llamado su nieta Mariagabriela, en una original revista que sus hijos y nietos escribieron e imprimieron para rendirle un emotivo homenaje en su nonagésimo cumpleaños. “Su amor por Nicaragua es tan grande como la tierra que la vio nacer —escribe otra de sus nietas, Gemalucía, en esa revista—, sueña que su bandera azul y blanco vuelva a ser libre”.
Es que doña Magdalena consagró su vida a la lucha cívica por la libertad y la democracia en Nicaragua. Y a sus 90 años de edad se mantiene fiel a esos ideales, sin militar ya en ningún partido y decepcionada de la situación política actual, pero con la esperanza y la convicción de que Nicaragua volverá a ser un país libre y democrático. Así me lo dijo en el festejo de su cumpleaños.
Conocí personalmente a doña Magdalena en 1974, en su casa de habitación de Estelí, cuando llegué acompañando al doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y otros dirigentes políticos antisomocistas que andábamos organizando la Unión Democrática de Liberación (UDEL).
Después (entre el 24 abril de 1990 y el 9 de enero de 1996) fuimos diputados de la Unión Nacional Opositora (UNO) ante la Asamblea Nacional, en representación de la Región I a la que pertenecían los departamentos de Estelí, Madriz y Nueva Segovia. En esa región, la UNO eligió cuatro diputados: Doña Magdalena, del Partido de Acción Nacional (PAN); Víctor Talavera Huete, del PLC; José Cáceres, de la UDC, y yo, que entonces participaba en la política partidista y era dirigente del Partido Socialista Nicaragüense (PSN).
En la Asamblea Nacional trabajé con doña Magdalena en la Comisión de Educación, que ella presidía con acierto y talento habida cuenta de su condición de maestra —de las de antes— y persona de amplia cultura y sólidos principios democráticos.
Doña Magdalena se autorretrata literariamente en un breve documento colgado en la web. Dice que su padre fue Miguel Ángel Úbeda, escritor humorístico que usaba el pseudónimo de “El Vago Reflexivo” (sin duda que de allí le vino a doña Magdalena el talento literario) y su madre, doña Otilia Granera de Úbeda.
Nació en 1927, en Chinandega, donde creció y en 1946 se graduó de maestra. Después se bachilleró en el histórico Instituto Ramírez Goyena, de Managua y durante un año estudió Derecho en la Universidad Libre de Nicaragua. Se graduó en Historia y Letras en la UCA (Extensión Regional de Estelí), en 1983.
Se casó la dama rebelde con Napoleón Rodríguez Rodríguez, con quien procreó 9 hijos, y se radicó en la ciudad de Estelí desde 1961. Allí dio clases de Literatura en casi todos los colegios locales, menos en el de Nuestra Señora del Rosario y la Escuela Normal.
Confiesa doña Magdalena que nació conservadora y desde 1968 abrazó la ideología social cristiana. A sus 90 años sigue siendo socialcristiana, aunque sin identificarse con ninguno de los grupos de esa corriente política e ideológica que hay en el país.
Doña Magdalena fue también directora, con rango de ministro, del Instituto Nicaragüense de Cultura (INC), en el gobierno de don Enrique Bolaños Geyer, cargo que desempeñó a la altura de su reconocida honestidad y capacidad.
Dice doña Magdalena que es católica, romántica y —con la chispa humorística heredada de su padre— “fea como el marqués de Bradomín”, personaje literario de Ramón María del Valle Inclán. Pero esto lo dice por modestia. Se ve a las claras que doña Magdalena era muy guapa y ahora es una agradable y simpática anciana que deja ver lo que antes fue, en la forma y en el fondo.