Antístenes (siglo IV a.C.), discípulo de Sócrates. Filósofo, austero, solitario, confiaba de manera radical en el ser humano y desconfiaba igual de las instituciones de cualquier índole. Prescindió de lo superfluo y fundó en las afueras de Atenas (en el gimnasio Cinosarges) la Escuela Cínica, caracterizada por rechazar los convencionalismos sociales y la moral comúnmente admitida. Antístenes vivió según su propia ley, y predicó por un retorno a la naturaleza. Su objetivo era alcanzar la felicidad, estado que solo lograría si dependía de sí mismo. Lo fundamental era, pues, la autosuficiencia del individuo.
Diógenes de Sinope, filósofo griego perteneciente a la Escuela Cínica y discípulo de Antístenes, tuvo un cambio tan radical que lo manifestó externamente. Diógenes vistió un manto, un zurrón y un cayado, indumentaria que se convirtió en uniforme del cínico.
Con la intención de librarse de los caprichos de la fortuna y regir su propio destino, prescindió de todo lo que no podía llevar encima. Toda una práctica sobre la vida sencilla: comer lo necesario, resistir el frío, el dolor y carecer de ambiciones, como los perros (Kinos). De allí deriva la palabra que da nombre a ese modo de vida.
Diógenes fue la imagen del verdadero cínico: un sabio descuidado y burlón. Su forma de vida era agresiva, contraria a todo comportamiento social. Vivía en un tonel y a plena luz del día buscaba con un candil, nada menos que al “hombre”, demostrando así el desprecio por sus conciudadanos. El prototipo del transgresor, característico de los cínicos, era no someterse a ningún valor tradicional ni norma social. Se proclamó cosmopolita y liberado de cualquier obediencia a las instituciones, leyes.
Hoy algunas personas definen al cínico como mentiroso y cruel, acepción distinta de la verdadera esencia del cinismo, pues los auténticos cínicos no mienten, aunque en ocasiones pueden llegar a ser crueles. La mentira está fuera de su doctrina, y no mienten, porque enfocan su lucha por demostrar que la verdad es la esencia de su hacer, que está en concordancia con el orden natural, y no con el elaborado mundo de la sociedad. Los comportamientos cínicos en el presente tienen una relación distinta y motivos diferentes a los que Diógenes acostumbraba en la sociedad de su tiempo.
El cínico actual —caracterizado por mentir, defender o practicar de manera impúdica y deshonesta lo que merece general desaprobación— está en cualquier lugar: duerme en modernas casas, sin harapos, escribe, trabaja, estudia, se divierte, holgazanea, ocasionalmente consume sustancias. Se destaca por su incansable capacidad de destruir el pensamiento de cualquiera que lo enfrente, y de ser posible, eliminarlo; desprecia los bienes personales ajenos, pero en secreto los desea para sí. El cínico vive para su deleite personal y sabe que su goce está allí, aun a costa del sufrimiento de los demás.
El cínico moderno es mentiroso, frenético, hábil, necio, destructivo, sarcástico, ofensivo. Tiene una audiencia cautiva con similares características. Su labia incisiva provoca, de manera voluntaria, o involuntaria, a otros personajes. La mayoría de los políticos, son cínicos que cultivan la necedad de sus seguidores. Los líderes modernos (gobernantes, políticos, empresarios…), son un buen modelo del cínico del siglo XXI.
Mentiras en 3D, al expresar falsedades en: la integridad y honestidad de su gestión; aumentar salarios mínimos, que no satisfacen necesidades básicas; asumir deudas o pagar empréstitos de dudosa naturaleza legal; promesas electorales, planes de gobierno; elaborar y ejecutar presupuestos. Poderes del Estado sin independencia. Mienten: rechazando sus conexiones con el crimen organizado; tráfico de personas, drogas y armas. Alteran —con el aval de organizaciones foráneas y académicos— cifras de economía, epidemias, accidentes, crímenes, feminicidios, abusos sexuales, hambrunas, destrucción del medioambiente y desastres naturales. Aprueban o derogan leyes y otorgan concesiones privilegiadas a correligionarios y amigos.
Aducen no tener tiempo para sus electores. Carecen de interés por desarrollar talentos en sus colaboradores; desconocen la inteligencia emocional, y en vez de resolver conflictos despiden al personal; objetan la innovación, creatividad y cambios en las entidades. Mienten cuando hay desabastecimiento de mercancías básicas; cuando se desprotege la calidad, sanidad y precios de dichos productos. Prometen proyectos faraónicos de energía eléctrica, puertos, canales entre océanos, carreteras, irrigación (muchos diseñados hace 25 o 40 años). Se burlan con la calidad de los servicios esenciales de salud, educación, energía, agua, vivienda, telefonía, asimismo la discrecionalidad en su gestión origina fraudes y arbitrariedades.
Contravienen el contrato social transgrediendo los derechos de los socios minoritarios. Evaden el pago de impuestos. Incumplen contratos de trabajo; ignoran el acoso laboral; evaden cumplir beneficios sociales; contratan con bajos salarios a profesionales con altas calificaciones; promueven ahorros a costa de reducir sueldos y beneficios; y es común que sus gerentes y supervisores menosprecien al personal.
El cinismo del siglo XXI tiene consecuencias negativas en la comunidad: afecta su ética social, destruye su centro de confianza, así como la credibilidad en los supuestos líderes. Se trastoca el mundo de lo positivo, ilusiones y esperanzas. Cuando la moral de la sociedad es afectada, los cínicos tienen espacio para su desvergüenza y pragmatismo, convirtiéndose en cotidiana la demagogia y el populismo, originando perturbación, subversión y desconcierto social.
El autor es contador.