Crítica de cine: Ghost in the Shell

Una nueva adaptación de la legendaria novela gráfica Ghost in the Shell nos llega acompañada de una fuerte controversia cultural

Una nueva adaptación de la legendaria novela gráfica Ghost in the Shell nos llega acompañada de una fuerte controversia, alrededor del problema de la apropiación cultural. El papel protagónico ha sido concedido a la actriz norteamericana Scarlett Johansson, en lugar de favorecer a una actriz japonesa, o al menos, asiática. El casting es tan solo el síntoma más evidente de esta particular enfermedad.

A mediados del siglo XXI, la ciencia ha fusionado exitosamente la cibernética y la biología. Seres humanos “mejorados” disfrutan de prótesis que les permiten habilidades extraordinarias. El modelo de punta es la mayor Mira Killian (Johansson). Ella milita en el departamento de seguridad conocido como División 9. Después de sufrir un accidente, su cerebro fue alojado en un cuerpo enteramente mecánico. No tiene recuerdos de su vida anterior, pero sí alma. Ese es el “fantasma en la armadura” del título, fuente de un malestar existencial que se agudiza cuando investiga el caso de un hacker que ejecuta a los científicos del laboratorio que la dotó de una nueva vida.

De alguna manera, el problema de la occidentalización viene inserto en la fuente. Muchas novelas gráficas y programas de dibujos animados de origen asiático filtran los rangos más étnicos de sus personajes, apelando a un estándar “universal”. Por defecto, eso quiere decir “blanco”. Si tiene chance de ver la primera versión animada de Ghost in the Shell (Mamouro Oshii, 1995), notará que los personajes secundarios son claramente japoneses, mientras que la protagonista pasa por blanca anglosajona. Este es un resabio de siglos de hegemonía occidental sobre la cultura popular, que ha establecido estándares de belleza que aún sobreviven. Los realizadores de la película son conscientes del problema, al menos, lo suficiente como para justificar el casting en un giro tardío de la trama. Sin embargo, no están dispuestos a arriesgar sus ingresos de taquilla. Más gente está dispuesta a pagar por ver a Johansson semidesnuda y no a una actriz con menor índice de reconocimiento en el mercado global.

Juan Carlos Ampié, crítico de cine.
Juan Carlos Ampié, crítico de cine.

Esto nos lleva a otro problema, menos remarcado: la cosificación sexual de la mujer. Mira ejecuta buena parte de sus escenas de acción vistiendo una especie de leotardo de color carne, que crea la ilusión de que la estamos viendo desnuda. La fuente original también apela de esta manera al morbo masculino. Como única concesión al pudor occidental, han erradicado los pezones permanentemente erectos. Además el guion extirpa elementos dramáticos que profundizaban la exploración del tema de la identidad. El género de un robot que se convierte en la encarnación de Kuze es cambiado, de mujer a hombre, convirtiendo su relación con Mira en una especie de romance heteronormativo. En este Ghost in the Shell, el género deja de ser algo fluido y mutable.

La película con actores de carne y hueso es francamente reaccionaria, en comparación con la animada. Y más larga, también. Casi media hora extra se invierte en aparatosas escenas de acción, que descarrilan cualquier preocupación filosófica. El “alma” queda fuera de esta máquina. El filme de Oshii es táctil y humano. Sus personajes se desplazan por una ciudad que pulsa con el vigor de las multitudes. La versión “real” se parece a cualquier distopía futurista. Su única innovación son gigantescos hologramas publicitarios, polucionando permanentemente el horizonte.

En el centro de todo está Johansson. Su actuación merece una película mejor. Irónicamente, ya la hizo. Busque en Netflix la película Under the Skin (Jonathan Glazer, 2013), inédita en Nicaragua. Es una provocativa pieza de ciencia ficción que explora con preocupación adulta algunos temas que este Ghost in the Shell trivializa.

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La Prensa Domingo cine Juan Carlos Ampié archivo

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