La Embajada de Estados Unidos (EE. UU.) organizó un acto de conmemoración del Día de la Mujer. E invitó, en tal ocasión, a un amplio abanico de mujeres destacadas nicaragüenses, como un muestreo representativo de todas las organizaciones civiles y fuerzas políticas del país. Incluidas en dicho acto, por supuesto, las mujeres ministras del Gobierno. A un dado momento, la embajadora anunció, en dicha celebración, que propondría a la doctora Vilma Núñez de Escorcia para el premio que otorga el Departamento de Estado, con el nombre de mujer de coraje.
En consecuencia, esta honra o premio, a una de las asistentes que sobresale como denunciante del régimen actual, compromete a las funcionarias ante la dirección totalitaria del gobierno orteguista, como si indirectamente aprobaran, con su presencia, el sesgo que tomó el acto, subliminalmente crítico a la actuación del Gobierno en el campo de los derechos humanos.
Obviamente, si se ensalza a un elemento crítico a este régimen, demasiado sensible a la independencia crítica, esta distinción le producirá escozor. Una reacción airada, por tontería semejante, deja al descubierto su naturaleza arrogante. De modo, que es sumamente fácil provocarle esta conducta fuera de tono (que, por supuesto, le aísla).
El hecho, en sí mismo banal, afecta la lealtad obtusa que las funcionarias deben proclamar ciegamente hacia el régimen (que padece una paranoia megalómana). Por lo que juzga la participación en un acto semejante como una confraternización con el enemigo. De modo, que las funcionarias gubernamentales, previa consulta con el poder, escribieron presurosas a la embajadora de EE. UU. una carta airada a la mañana siguiente. Acusando a la embajadora de invitarlas a un acto hostil contra el pueblo de Nicaragua. Obviamente, en dicha carta hay una desproporción irrisoria, que es el recurso que utiliza la caricatura. En consecuencia, el régimen hizo una caricatura de sí mismo.
De esta forma, el hecho intrascendente dejó de ser banal. Lo que el régimen ve como una trampa, se convirtió efectivamente en una trampa real, concreta y grave. En la cual, cae el régimen por propia iniciativa, ya que activa la espoleta de una trampa psicológica mayor, basada en su reacción airada, que producirá un daño mucho más efectivo en su contra. Al final, la idea de mejorar las relaciones con EE. UU., por la cual asistían las funcionarias al acto en la residencia de la embajadora, dio pie a una reacción discrepante, que empeoraría tontamente las cosas.
Plutarco cuenta cómo Julio César desactivó una trampa provocativa más ingeniosa. Sus enemigos, recelosos de sus éxitos militares, organizaron a un grupo de mercaderes para que con sus carros repletos de mercancías le estorbaran el paso durante su entrada triunfal a Roma, de manera que su entrada no solo perdiera la majestad esperada, sino que contaban que César reaccionaría torpemente e indicaría a sus centuriones que despejaran el camino con violencia, enemistándose así con el pueblo que se vería agredido. Julio César, el más brillante estratega romano de su tiempo, era demasiada pieza para estos conspiradores del senado.
Bajó de su caballo, sin más, y mezclándose entre los comerciantes les compró productos aquí y allá, sonriente y divertido de negociar y regatear con ellos, mientras avanzaba generosamente, ante el regocijo del pueblo que admiraba su astucia.
Si el acto diplomático de la embajadora era una trampa, tenía entonces carácter psicológico, ya que contaba con una reacción paranoica del régimen, que daría pábulo a una respuesta agresiva, tensando un poco más su relación con los EE. UU.
La presencia de las funcionarias durante la distinción a la directora del Centro de Derechos Humanos, no tenía, objetivamente, ninguna importancia (salvo bajo una óptica distorsionada). A lo sumo, si ellas temían un castigo irracional pudieron, preventivamente, abandonar el acto.
La falta de pericia y de astucia no es una falla táctica, casual, de Ortega, sino que es la razón del régimen anacrónico que se empeña en conducir. Sun Tzu aconsejaba: Permite que el enemigo conozca tus debilidades. Al dárselas a conocer, se convertirán en fortalezas, él sabrá por dónde te estás preparando y tú sabrás por dónde vendrá el ataque. En el caso de Ortega, todos conocen sus debilidades, menos él. Y esa es su debilidad mayor.
El autor es ingeniero eléctrico