La conmemoración del Día de la Mujer, hoy 8 de marzo, necesariamente debe girar en torno al problema de la violencia machista que al parecer se vuelve cada vez más incontrolable.
La violencia contra la mujer tiene diversas formas, como se sabe, desde el brutal femicidio hasta el odioso acoso sexual callejero por medio de denigrantes “piropos” masculinos.
Los datos de los femicidios son alarmantes. Según la organización feminista Católicas por el Derecho a Decidir, el año pasado se cometieron en Nicaragua 49 delitos de ese tipo y entre enero y febrero del presente año ya habían ocurrido 9. Además, en este par de meses hubo 13 tentativas frustradas de femicidio y 27 autores de este delito se encuentran prófugos, lo que da una idea del grado de impunidad existente.
Existen leyes suficientes para castigar rigurosamente la violencia contra la mujer, pero, o no se aplican como es debido —según las denuncias de las organizaciones femeninas— o es que el impulso de la criminalidad machista se ha desenfrenado.
Está claro que la violencia contra la mujer se arraiga en el tradicional machismo de la sociedad nicaragüense, pero se ampara en la falta de educación y cultura. Es evidente que en los estratos sociales más educados y con mejor acceso a la cultura, la violencia machista es menor que entre los sectores de baja o ninguna educación.
Sin embargo, hay que decir que en los países más educados —como los europeos— la violencia contra la mujer es también un grave problema humano y social. Bieito Rubio, director del diario ABC, de España, ha escrito recientemente refiriéndose a la violencia contra la mujer, que “es curioso que sea en países avanzados donde esta tragedia se expande en los últimos años”.
A fines del año pasado, el estudio Eurobarómetro realizado por la Unión Europea reveló que el 27 por ciento de los hombres de esa área del mundo desarrollado justifican el abuso sexual cuando se comete “en determinadas circunstancias”. Es decir, cuando la mujer ha bebido más de la cuenta, consumido droga o viste de manera supuestamente provocativa.
Este dato no niega que la falta de una verdadera educación y cultura humanista sea un condicionante muy importante de la violencia machista, debido sobre todo a que en la época actual la formación educativa y cultural ha sido vaciada de valores cívicos, morales y religiosos.
La violencia contra la mujer es un problema muy complejo y sus secuelas son tan dolorosas y degradantes, que deberían motivar a toda la sociedad a la búsqueda del diagnóstico más correcto y la aplicación de medidas más eficaces en la lucha para reducirlo, hasta erradicarlo.
El endurecimiento de las leyes y de la represión contra la violencia hacia la mujer es muy importante y necesario, pero no es suficiente. El problema habría que enfrentarlo también con una mejor educación, fundada en los valores que han sido desdeñados por los poderes públicos y la misma sociedad, con las consecuencias terribles que ahora se tienen que lamentar.