Un día ahora distante en el tiempo pero siempre próximo a mi corazón, nuestra débil economía familiar se había deteriorado y mi papá visualizó que la única opción que teníamos era movernos a la montaña y dedicarnos al cultivo de la tierra.
Fue entonces cuando mi mamá le indicó que estaría dispuesta a seguirlo, pero que por qué no darnos a nosotros, sus hijos, la oportunidad de continuar en la escuela para ver si así teníamos una historia diferente. Mi papá aceptó.
Cada vez que venían a mí detalles de aquel momento, del que solo supe a través de mis hermanos, sentía una mayor admiración y gratitud por mi mamá, quien vio en la escuela, a la que no asisitió en su niñez, una puerta al futuro.
Y fuimos a la escuela con ropas y cuadernos que ella misma nos hacía. Pero cuando ese momento llegó, nosotros ya sabíamos saludar, respetar a los demás, dar la silla al adulto, escuchar antes de hablar, obedecer las reglas y ser agradecidos.
También nos habló de Dios y de lo trascendental que era que se notara en nuestro estilo de vida. Fue así como la vi visitando enfermos, hospedando necesitados y compartiendo lo poco que tenía. Ella fue mi más importante escuela.
No amenazaba con castigarnos, lo hacía cuando el caso ameritaba. Con el tiempo, una mirada suya repelía cualquier amenaza de pleito entre hermanos, aunque también tenía a flor de labios una palabra para animarnos.
Ahora nos tocó despedirla y créanme que es más grande mi gratitud que el dolor. Dios en su misericordia nos regaló una buena mamá, que nos acompañó en todo momento, dando siempre la cara por nosotros.
Y aunque en el último año el Alzheimer la atacó perversamente y a menudo no nos reconocía, nosotros siempre supimos quién era ella y lo que había hecho por nosotros.
Gracias a todas las personas que nos acompañaron con su presencia o através de una palabra. Eso aligeró el dolor y mejoró la temperatura en Condega, a pesar de que el frío siempre es intenso cuando el calor se escapa del alma.
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