Se hizo la síntesis espiritual en demostraciones tanto corales como orquestales en los diversos centros culturales y teatrales donde se hicieron los homenajes dedicados al nacimiento del Niño Dios.
Fueron expuestas las fibras del pensamiento propio y de los compositores extranjeros que universalizaron al villancico. Cuánto fruto inspirado salió de la bóveda religiosa.
Podría decirse que este mes de diciembre estuvo más impregnado que nunca al culto artístico, a la devoción por la Concepción de María y al nacimiento de Jesús, madre e hijo públicamente congratulados. La música, voz de Dios y del lenguaje universal.
Se hizo énfasis en los cantos dejados por los compositores nicaragüenses del pasado como Luis Abraham Delgadillo, Alejandro Vega Matus, Alejandro Ramírez (considerado el compositor más religioso de Nicaragua, autor solo él de un centenar bien calculado de sones de Pascua), Carlos Alberto Ramírez, Camilo Zapata y Carlos Mejía Godoy, el único vivo de los mencionados, y otros valores de la inspiración nativa.
Son los clásicos excedentes de reclamo por parte del purismo exacerbado para el cual la renovación es una maniobra existente en el cortejo del tiempo.
Se han cantado sus villancicos en conciertos selectos y callejeros, entre escenarios fluidos de luz y casas perturbadas por la penumbra.
La relación de dos épocas —ayer y hoy— hizo una revisión inevitable de la memoria. Delgadillo hizo nacer al Niño Dios en Nicaragua y muchos años después Carlos Mejía Godoy lo concretó en Palacagüina, testimoniando con la folklórica creación que no solo Belén es cuna del privilegio, por estar sus huesitos divinos expuestos a estar en cualquier parte.
La diferencia entre los antecesores y los actuales puede medirse por las modulaciones circunstanciales hilvanadas por las costumbres, las explicables transiciones en los estilos. Cantar, cantar será siempre un símbolo del entusiasmo humano difícil de acribillar.