La tiranía no puede generar prosperidad

Muy pocas personas quedan en Nicaragua que, en toda seriedad, consideren que aquí no se vive una tiranía.

Es cierto que se pueden encontrar muchas explicaciones al fenómeno y algunos se aventurarán a justificar el sistema tiránico que padece la sociedad nicaragüense, pero eso no desvanece el horrible rostro de la dictadura y sus consecuencias.

Este país lleva 10 años viviendo bajo ese sistema y la tiranía acaba de darse una prórroga de por lo menos cinco más. La inmensa mayoría de los nicaragüenses ha tomado una actitud pasiva ante esta situación. El razonamiento es que mientras uno no se meta en política o no tenga la mala suerte de tener una propiedad o estar en un negocio que sea de interés del tirano o de sus adláteres, uno puede pasar inadvertido y vivir tranquilo. Si el ciudadano esconde la cabeza, como el avestruz, estará “seguro”.

Pero el problema es que esconder la cabeza, o lo que es lo mismo, renunciar a los derechos civiles y políticos con la esperanza de garantizarse “estabilidad”, comprar paz y vivir tranquilos es una ilusión. Igual que es iluso el avestruz al sentirse seguro con todo el cuerpo al descubierto y la cabeza escondida.

Y no necesitamos hablar de que los abusos del régimen eventualmente terminarán arrollando al más dócil de los ciudadanos; sino que debemos darnos cuenta que la mera existencia de la tiranía depende de que la sociedad no pueda generar progreso y desarrollo al ciudadano común.

Algunos dirán que eso no es cierto, pues durante más de la mitad de los 10 años de tiranía la economía ha crecido a un ritmo de 4.5 por ciento; pero crecimiento económico no es lo mismo que desarrollo y prosperidad. El crecimiento puede concentrarse en pocas manos, beneficiar a unos cuantos, como en efecto ha sido el caso.

Por el contrario, el desarrollo y la prosperidad deben llegar a todos en la sociedad. Y para que eso suceda, en lo primero que un país debe concentrarse es en brindar a sus habitantes educación de calidad que fomente el pensamiento crítico y que le permita a la persona romper las cadenas de los convencionalismos.

Sin embargo, según cifras del Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (Ieepp), el país invierte en educación primaria y educación media el 3.37 por ciento del PIB, muy lejos del siete por ciento señalado como el mínimo para satisfacer las necesidades de educación; pero aparte de la inversión deficiente, muchos expertos señalan que la calidad está todavía peor, pues se ha politizado.

Si contrastamos esos datos con otro revelado por la encuesta Barómetro de las Américas, que dice que mientras menor es el grado de educación de la persona, mayor su temor a discutir temas políticos o sea, a ejercer ciudadanía vemos claramente el maquiavélico diseño.

A la tiranía le interesa un pueblo con poca o ninguna educación para que no le cuestione el poder. Pero otro efecto de una población poco educada es el limitado desarrollo económico y la perpetuidad de la pobreza.

Así que quienes piensen que se puede vivir en la “estabilidad” que garantiza la tiranía mientras se progresa y se garantiza a los hijos un mejor futuro, están viviendo una ilusión. La tiranía no solo le roba al ciudadano sus derechos políticos, sino la oportunidad de superarse y vivir mejor. Las mieles están reservadas para el tirano y su argolla.

Editorial Nicaragua tiranía archivo
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