Orlando J. Icaza Gallard

Chilillo y plomo

Me contaba un vecino ya muy viejo que allá por los tiempos del general Zelaya había habido una época en la ciudad de León donde cualquiera que dejaba algo olvidado nadie se lo tocaba.
Las cárceles estaban vacías de delincuentes comunes.

Hasta para probarles a los que llegaban de visita de otras ciudades del país, los habitantes de León, a propósito, ponían billetes de 20 córdobas en las gradas de sus casas y dejaban sus puertas abiertas con objetos de valor a la vista y nadie osaba llevárselos.

Los granadinos especialmente por su resquemor antioccidental, se rascaban las espaldas al observar el fenómeno que aquellos leoneses con orgullo le enseñaban a todo el que los visitaba.
León se había convertido en la ciudad más segura del país y donde se gastaba menos en cárceles y custodias. Había paz y prosperidad en el pueblo.

Cuando le pregunté cuál era el secreto, me dejó ir una sonrisa medio seria y tomando una postura más grave de lo que yo me imaginaba, me contestó: “Muy sencillo muchacho. El comandante de la ciudad era muy cosquilloso con los ladrones. Siempre andaba con dos sargentos muy parecidos a Pipilacha —sargento muy popular de la nefasta Guardia Nacional siempre vestido de civil y con una verga de toro en sus manos que no escatimaba en descargar en el lomo de cualquier ladronzuelo. De cara rígida y sin expresión alguna como si padeciera de Parkinson y que mantenía a raya a cualquier sinvergüenza de esos que ahora pululan por todas las calles y mercados de Nicaragua—.

Y continuaba ya medio riéndose: al que agarraba robando la primera vez, le recetaba doce varejonazos con una vara de tamarindo, lo rapaba y lo soltaba con la advertencia: “La próxima son dobles”. Y así era, a la segunda le daba 24 lo volvía a pelonear y lo soltaba, “no te quiero ver de nuevo” le volvía a advertir el comandante ya más serio. A la tercera, casos ya muy raros, le decía a uno de los dos sargentos: “Llévenselo al Fortín y denle agua que este ya no se va a componer”.

Continuaba mi viejo vecino. “Como tenía familia por el vecindario a veces me lo encontraba sentado en la sala de la casa de una de sus tías con su 38 colgada al cinto y que se colocaba entre las piernas delanteras enfrente de su prominente panza y muy amable y medio sonriente me invitaba a platicar comentándome: “Se acabaron los cuatreros don Chendo, a esos ni los traigo. Para qué perder el tiempo con ellos”. Así era, nadie robaba ganado ni te tocaban una cabeza de guineos ni mucho menos un árbol en las haciendas de los alrededores.

Terminaba diciéndome: “Lástima que solo le aplicaba la ley a los ladrones menores porque los verdaderos y grandes ladrones, como decía Azarías H. Pallais, todavía seguían haciendo su agosto sin que nadie les tocara un pelo”.

Viene a colación este recuerdo después de haber leído el artículo del domingo 13 de noviembre que escribió Mario Vargas Llosa sobre Singapur, un país pobrísimo que superó su tercermundismo en unos pocos años bajo el mando de un dictador pro capitalista que agarrando a los ladrones de cuello azul o blanco les recetaba 24 chilillazos si robaban aunque fuera un mango o la pena de muerte si insistían mucho en la delincuencia y que el novelista lamentaba como su único defecto. Defecto que había llevado a su país a no tener pobreza ni falta de trabajo y poder convivir en paz entre una población contradictoria de musulmanes, cristianos e hindús y donde como en León de comienzos del siglo pasado, podías hasta dejar tu casa abierta sin que nadie te tocara nada.
Los civilizados de hoy se oponen a todo castigo corporal y a la pena de muerte como medios para tratar de corregir defectos humanos.

Tampoco, como cristianos podemos aceptar que el medio justifica el fin, pero el Singapur de hoy que rebalsa de prosperidad y aquel León de comienzos del siglo XX nos enseñan una lección contradictoria con aparente bienaventuranza para aquellos ciudadanos que se dicen honestos y que cansados de ver tantos crímenes e injusticias se aventuran a aceptar medidas de extrema crueldad.

El autor es médico.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí