Joaquín Absalón Pastora

Doctor Godoy, un ejemplo de dignidad

Corresponde también el luto a la ética política reflejada en la personalidad del doctor Virgilio Godoy Reyes, cuya espalda tantas veces sufrió las embestidas filosas de los puñales. La moral descendía ya en aquellos tiempos en que el conductor de la palabra de sociólogo y de líder liberal conjugaba los términos diversos sobre el humanismo.

No olvido, para situar un ejemplo de las reflexivas anécdotas, los días en que se hablaba de la unidad liberal. La forma de llevarla límpida al fondo cuando era exaltada a su modo por Arnoldo Alemán, el mismo que le llamaba “el maestro” de cuyas enseñanzas nunca aprendió nada. La unidad danzaba en la pista egocéntrica de sus pretensiones”. Godoy —y en eso era terco— ponía el énfasis en la concepción de un solo partido liberal. En el comité ejecutivo al finalizar las recomendaciones del proyecto, afirmaba y sostenía los términos de la honestidad. Tanto insistía en la significación que un directivo proclive a sumarse a la causa personal de quien era edilicio y no candidato presidencial, reaccionó de la siguiente manera: “Virgilio, la honestidad no se come”. La respuesta vislumbraba la tendencia de hacerse al lado pragmático donde había menú para satisfacer las honduras intestinales.

Virgilio Godoy rompió el silencio. Fue el primero en retumbar su voz al fragmentar el acuerdo entre el Frente Sandinista y el PLI, mejor conocido como el Frente Patriótico. Ocurrió en la convención celebrada en el hotel Las Mercedes y en la cual resultó ser electo presidente nacional al derrotar al doctor Rodolfo Robelo. Parecía ilusorio poner el sello en las páginas de la legítima independencia. Proclamó las aureolas meritorias de los próceres que tienen el nivel de la ejemplaridad, descendiente de liberales como Paulino Godoy. El difunto andaba jinete al lado de las tropas de Ramón Raudales entre atalayas de polvo y con la vaina en el estribo en caballos conspiradores,  practicante en el entrenamiento para ser uno de los candidatos escogidos para ultimar a Somoza García, pero Rigoberto López Pérez se le adelantó. Tenía fama por la severidad escrutadora de la mirada, de tener un carácter irascible. Yo lo creía así pero tratándolo más a menudo en la sesión informal de los tragos, no era eso. Tuvo la visión de respetar el rango de edad de otros veteranos, de ser humilde y reconocedor de los méritos de gentes como Macario Estrada, Buenaventura Selva y Juan Manuel Gutiérrez.

La Constitución debía alejarse de la estampa de ser una muñeca de trapo que solo sonríe en el papel. Por ser vigilante con ella debía defender sus principios para no dejarla en el pliego de la cíclica argucia. En 1984 fue  candidato presidencial, pero renunció a la candidatura por falta de garantías aunque tenía en el fondo el deseo de ser presidente. Llegó el 1990. El triunfante vicepresidente había premeditado su destino. El agrio contenido del vaso rebasó su capacidad cuando tres años después un comando lo secuestró en la casa de la Unión Opositora. Concluyo el perfil, aupado por los recursos de la memoria por no disponer de más espacio para contar estas reminiscencias muchas personalmente vividas. Modesto en su forma de vivir, su vuelo por la tierra fue directo: de la Colonia Centroamérica al Cementerio General. No tuvo ninguna parada en las cumbres donde se respira el oxígeno de los nuevos privilegios.

El autor es periodista.

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