La contienda electoral en la Nicaragua del 2006 estuvo influenciada por personajes, eventos, instituciones y condiciones donde pugnas intestinas dieron lugar a la división del aparentemente estable Partido Liberal Constitucionalista (PLC). Eso dio oportunidad al desprestigiado líder sandinista Daniel Ortega de arrebatar la Presidencia de la República.
Las elecciones del 2011 cargaron con dos agravantes: por un lado, una escisión más pronunciada creaba abismos irreconciliables dentro de la entonces oposición liberal. Por otro lado, Ortega se postulaba a una reelección que violaba el mandato constitucional que prohibía la reelección consecutiva. Ortega, con sus estructuras políticas solidificadas, aprovechó la extraordinaria fragmentación liberal para adjudicarse un 63 por ciento de los votos; cota que superaba por más de veinte puntos porcentuales los votos que este se designara en las elecciones del 2006.
Ortega fue imponiendo la noción de haber recibido un mandato de parte del pueblo nicaragüense y sobre esas bases ha ido justificando su creciente arbitrariedad. Al mismo tiempo se ha servido de esas circunstancias para atribuirle legitimidad a su dictadura.
Todo eso neutralizó la fortaleza de las instituciones democráticas en Nicaragua, expuso la alta corrupción y complicidad del liderazgo político, demostró la incapacidad del proceso electoral para defender la democracia y alimentó la disposición de Ortega a imponer una dictadura dinástica inmisericorde.
Las elecciones han sido el vehículo de Ortega para legitimizar ante el mundo su dictadura. Las democracias occidentales y los organismos internacionales como la OEA, al reconocer las ilegales e ilegítimas victorias electorales de Ortega, se han convertido en cómplices; indiferentes al precio que eventualmente los nicaragüenses habremos de pagar para reconstruir el camino de la paz.
A la mañana siguiente de las recién pasadas elecciones generales (6 de noviembre de 2016), una vez más, Nicaragua entera se levantó con la cara llena de lodo. Nuevamente, todos sabíamos qué iba a suceder: el dictador y su esposa Rosario Murillo, como vicepresidenta, emergerían victoriosos de una vulgar farsa electoral. Pero de qué sirve conocer las cosas cuando no sabemos qué hacer con ese tipo de conocimientos. Es por eso que esperamos hasta el día posterior para experimentar la angustia de ese cenagoso amanecer. Yo me pregunto de dónde sacamos esa incapacidad de comunicarle al corazón lo que por tanto tiempo acarreamos en la mente.
Tantas preguntas nos acechan, pues es confuso ver a tantas personas envilecidas: empresarios políticos, centros culturales, servidores públicos, religiosos, profesionales, artistas, políticos de alquiler.
Lo que no logramos entender es que Dios nos invistió a todos de poder, para que pudiéramos sobrevivir. Y el hombre —partiendo de esa premisa— desarrolló el sistema democrático para humanizar, facilitar y darle orden a las cosas. Sin embargo, los nicaragüenses a menudo perdemos la perspectiva de los usos del poder; de que este tiene formas de bien o de perversidad. Así, repetidamente, nos enfrentamos con políticos incapaces de comprender que el poder individual de los ciudadanos es depositado en ellos con la confianza de que no lo acumularán para beneficio propio, sino para el de toda la sociedad.
Ese es el caso de todo dictador, ese es el caso de Ortega. Una vez que saborean el poder, lo atrapan con ferocidad y lo defienden con la más bruta de las fuerzas. Ahí es donde el tirano se asocia con otros menores, pero similares personajes; pilares del aparato de represión.
Así Nicaragua sigue descendiendo como nación, desperdiciando su potencial humano y destruyendo la paz. La historia revela nuestras dos caras: por un lado, gran parte de la población se ajusta a la situación y aprende a sobrevivir por medio de la deshonra, de la manipulación y la traición al resto de los miembros de la sociedad y por el otro lado, muchos eventualmente se rebelan, resisten y se organizan en grupos violentos.
Nicaragua clama por un Gandhi, un Tomás Moro, Jesucristo, Juana de Arco o la misma Teresa de Calcuta. Pero, deplorablemente, solo encontramos organizaciones internacionales viciadas y líderes de países avanzados indiferentes a nuestra realidad; a pesar de que entre sus mentes y corazones trafica ineludiblemente el entendimiento de que el lodo en la cara del nicaragüense, es lodo en la cara de la humanidad.
El autor es economista y escritor.