Sanación e inmortalidad

La creencia de ser seres humanos temporales la he encontrado más clara en nuestro analfabeto —y no me confundan porque no digo que no es inteligente— campesino que en los pudientes y cada vez más exigentes “alfabetizados”

En 1976 cuando llegué a Pueblo Nuevo, Estelí, a realizar mi servicio social médico obligatorio, encontré practicando medicina en ese hermoso valle a un honorable ya casi retirado doctor y a varios curanderos.

El casi retirado doctor vivía más dedicado a la política que a la medicina y caía preso siempre que Somoza o sus secuaces se asustaban, sustos que eran bien frecuentes en esos años por lo que la mayoría del tiempo se las pasaba encarcelado.

Mis otros colegas, quienes jamás habían ido a una escuela de Medicina y cuya mayoría no podía leer ni escribir, se mantenían activos ejerciendo la profesión. Por supuesto que en los primeros días de mi llegada me miraron con recelo, pero al poco tiempo, empezaron a referirme sus casos complicados. Con mucha sutileza siempre traté de educarlos para evitar que cometieran errores graves, cosa que muchos aceptaban con cierto beneplácito.

Los enfermos bajaban de la montaña o salían de los valles aledaños a buscar salud.

El hospital más cercano (un bimarestan que dejaba mucho que desear y que para muchos en aquella soledad de servicios de salud era un equivalente a la Clínica Mayo) estaba en Estelí distante unos 34 kilómetros, en camino difícil de transitar especialmente cuando llovía lo que era muy frecuente. Solo para llegar al pueblito de sus ranchitos les tomaba varias horas a paso de mula, único animal capaz de bajar y subir cuestas resbalosas ya no digamos para llegar a Estelí si se encontraba transporte público que era, en ese entonces, casi inexistente.

Curiosamente los pacientes se sanaban y complicaciones serias que recuerde no fueron muchas y hasta cierto punto se resolvieron satisfactoriamente durante los doce meses que viví y ejercí en el pueblo.

Cuando me fui, todos agradecieron mis días allí, pero nadie lloró mi ausencia. El pueblito continuó su rutina diaria como si nadie hubiese llegado o como si nadie se hubiese ido.

Veinte y cinco años después que lo visité seguía igual con mínimos cambios. Ya el camino a Estelí estaba en mejores condiciones y se estaba ampliando el centro de salud para al menos poder hidratar niños y atender partos. Sin embargo, estoy seguro de que los curanderos estaban allí y continuaban practicando su profesión con éxito para beneficio de todos.

Esta es la salud y la vida que encontramos en la mayoría de nuestros pueblos en Nicaragua.

Se hacía y se hace una medicina primitiva y folclórica que resuelve sin resolver, que a través del surrealismo mágico embriaga, narcotiza y nos hace resignarnos a lo que tenemos y a lo que somos seres mortales pasajeros que nada traemos y nada nos llevamos. Hay, en ese primitivismo, un concepto más realista de nuestra buscada inmortalidad.

La creencia de ser seres humanos temporales la he encontrado más clara en nuestro analfabeto —y no me confundan porque no digo que no es inteligente— campesino que en los pudientes y cada vez más exigentes “alfabetizados” ciudadanos de alta alcurnia o pretendientes a ello (ahora que pululan como contaminantes de nuestras grandes ciudades).

También he practicado medicina en lo mejor de este mundo por casi treinta años. Con exámenes para calificarte casi todos los meses, laboratorios, rayos X sofisticados, análisis moleculares y rodeado de “sabios” que publican en famosas revistas médicas y responden a cualquier pregunta con el pecho henchido pronunciando el inglés silbadito, usan anteojos con aros de oro, gabachas blancas bien planchaditas limpias y hasta perfumadas, en hospitales inmaculados con normas para todo y muchos, pero muchos abogados esperando que cometas un error para cocinarte vivo.

A este punto, no sé decir cuál de los dos sistemas es mejor.

En los dos he visto sanar, sufrir y morir a mis pacientes de igual manera. Por muy simple o por muy sofisticado que lo tratemos irremediablemente hay un límite. Es un punto que no podemos pasar y que el quererlo forzar siempre significa un costo muy alto en la calidad de vida y en lo económico, pero nunca en su inmortalidad.

Todo es relativo en este mundo.

Honor pues a todos esos sanadores con título o sin el que luchan por sembrar un granito de esperanza en nuestra frágil existencia.

El autor es médico.

Columna del día Estelí medicina sanacion archivo

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí