Cada vez que hay elecciones en países normales y democráticos donde los ciudadanos votan y eligen, como ocurrió en los Estados Unidos (EE. UU.) este martes 8 de noviembre, llamamos la atención al contraste con Nicaragua, donde también se vota pero no se respeta el derecho de elegir.
El resultado de las elecciones estadounidenses en las que Donald Trump se impuso a Hillary Clinton y el partido Republicano retuvo la mayoría en las dos cámaras del poder legislativo, está dando mucho de qué hablar dentro y fuera de EE.UU. En el mundo económico y en los grandes medios de comunicación hay incertidumbre por las consecuencias que podría traer el gobierno de Trump, a quien se le atribuyen los peores defectos como persona y como político, en este último caso por su notoria falta de experiencia y la irresponsabilidad con la que se dice que podría gobernar el país más poderoso del mundo.
Los investigadores de medios y de opinión pública se preguntan cómo es posible que fallaran las encuestas en un país tan estable y predecible como EE. UU., pero reconocen que lo mismo ha ocurrido en otros países con democracias ejemplares —como el Reino Unido en el caso del “Brexit”— o consolidadas —como Colombia con el caso del triunfo del No en el plebiscito sobre el acuerdo de paz del gobierno con las FARC—, donde las encuestas tampoco acertaron.
Del mismo modo se tiene que reconocer que la derrota de la señora Clinton también lo ha sido de la mayoría de los grandes medios de comunicación de EE.UU., que perdieron el balance y se inclinaron contra Trump en una campaña delirante que resaltó los defectos reales del peculiar candidato republicano, como se tenía que hacer, pero se sacó de contexto sus controversiales aseveraciones y sus aspectos personales negativos fueron exagerados.
Por otra parte, los estrategas electorales tendrán que sacar las debidas conclusiones de hasta dónde es correcto, o resulta más bien contraproducente, que el presidente de los EE. UU. se involucre tanto y con una ardorosa pasión partidista —como lo hiciera Barack Obama—, en la campaña del candidato presidencial de su partido, enviando así a una población que le gusta la alternabilidad en el poder de personas y partidos, el mensaje de que si Clinton ganaba habría cuatro años más de los mismo errores y desaciertos.
En todo caso, lo principal que se debe resaltar a propósito del triunfo de Trump, quien por su misma boca parece ser proclive al autoritarismo, es el reto que plantea a las instituciones democráticas de EE.UU, en particular al sistema de controles y balances del poder que en ese país es sacrosanto y el fundamento de su fortaleza democrática.
La victoria electoral del populista de derecha Trump en EE. UU., no es igual a la imposición en Nicaragua del populista de izquierda Daniel Ortega, quien ha socavado impunemente la institucionalidad democrática y ha podido someter todos los poderes del Estado a su política caudillista y dictatorial. El sistema político de EE. UU. tiene muchos defectos, sin duda, pero es obvio que no se ha convertido en una república bananera.