En Minneapolis, USA, un infarto fulmíneo acabó con el ciclo temporal del intelectual, escritor y artista plástico nicaragüense Donaldo Altamirano (1946-2016). En tanto, prefiero creer que al apasionado y laborioso guerrero que él fue, lo sorprendió la muerte en uno de sus tortuosos momentos de enturcamiento contra el conformismo, el fanatismo, la exclusión y la deshumanización mercantilista.
Conmovido y medio crédulo, imaginé la sorprendente vitalidad tronchada de aquel muchacho hospedado en el cuerpo de un adulto de la tercera edad. El vivaz y lozano esteliano, a veces desorientado por la amargura, Donaldo Altamirano-Pedro León Carvajal-Teofrasto Talavera-Zapatón. Eterno peregrino en las sendas sensibles y efervescentes del humanismo, de las artes, la rebeldía, el amor, el humor, la amistad y la poesía.
Pero en fin, ahora ya está. Ça y est! Y para terminar, Donaldo adelantó zumbando en su motocicleta a un tren y venía un avión en dirección contraria, pero no le pasó nada. Se levantó, recogió el casco de entre la circundante caducidad cotidiana y le enseñó el permiso de conducir a Dios y la herida del relámpago azul en su costado.
—¿Cómo? ¿Qué pasó? —pregunté. —Nada más —dijo, como si hubiera vivido lo suficiente y para que le dejara en paz. En ese momento parecía volver por una calle del mapa de París en busca del tiempo perdido y no parecía tan frágil el broder.
Qué extraño, casi a principio del día y en medio de su obra y sus sueños, su duración física fatalmente interrumpida.
Martes 25 de octubre de 2016.