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Joaquín Absalón Pastora

Apareció el general

Bajó del cielo un nuevo redentor. Vino con la pretensión de “poner los pies en la tierra”. Llegó el general Humberto Ortega quien estuvo ausente en la estructura oficialista. No se le va a culpar el mutis que guardó. Es el derecho que corresponde a su condición de ciudadano, beneficiario de la libre circulación, hijo de la entraña nativa y además de eso, luchador en la época del somocismo.

Lo que sí se le puede señalar es que la causa que él ahora esgrime en los medios de comunicación era su proposición en favor de la concordia, de la solución de los problemas nacionales, de la recuperación de la diafanidad institucional a través de un dialogo inclusivo con todos los sectores de la sociedad nicaragüense, vista esa posibilidad como una ilusión derivada del crónico fatalismo. Se considera que ha despertado tardíamente aunque “nunca es tarde” en momentos en que el volcán insinúa síntomas aciagos.

En ese sentido la llanura tiembla, mientras la cúpula desmenuza los hilos de su destino en nombre de pactos políticos o de suntuosos y protocolarios diálogos nacionales que solo han servido para ofrecer saldos negativos, de componentes para “perder el tiempo”. Impresiona el mensaje con figura cardinal de patriotismo, la primera invocada cada vez que estalla una crisis acaso provocada para justificar la posterior tramitación de las enmiendas.

Durante tantos años cuántas veces se ha recurrido a ese expediente obviamente racional, recurso que no es inédito sino común, resorte renovado de la rutina sin que los protagonistas se hayan asomado a la ventana de la reflexión. La experiencia indica que esos arrojos solo sobreviven en la teoría, por no decir en el recuerdo. Lo más esencial del tiempo oportuno se ha perdido desde el mismo momento en que los ojos otoñales con las escuálidas luces que le quedan no ven al presente inmediato para llegar a conclusiones prácticas. No ha sido posible conjugar el verbo en el modo correspondiente.

No cuestiono la iniciativa del general. Bienvenida sea por venir de alguien que debe tener mucha influencia en la organización estatal, hermano del gobernante y con historiales de figuración real en el pasado cuyo protagonismo quiere revivir. Sin embargo para abonar a su confesa preocupación él debería ser más crítico en señalar los errores que el círculo presidencial ha cometido comenzando por la posición de lo que llama “el líder histórico”, calificación fraternal que debe respetarse dentro de los términos de la libertad de opinión individual. Creo firmemente que el pacto sugerido hubiera sido más eficaz antes de que se acercaran las elecciones del 6 de noviembre, las cuales ya están en la vuelta de la esquina. Los vaticinios en mayoría según las polémicas estadísticas indican que ya hay un seguro ganador. Antes esas circunstancias es categóricamente improbable que el brío pregonado por el repentino gestor se plasme antes de que se realicen las elecciones, quedando abiertas todas las posibilidades de que el acuerdo nacional —sin exclusiones— se produzca hasta en el nuevo periodo. No puede dejar de advertir el “sentido común” que la convocatoria del General obedezca a una estrategia premeditada con fría antelación y con la venia de todos los implícitos en las estructuras de primer nivel para que concuerde con la estrechez temporal coincidente para que solo pueda ocurrir después de que Daniel Ortega haya consolidado su próximo periodo.

El autor es periodista.

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