Carlos Tünnermann Bernheim

Dura patria

El poeta mexicano Ramón López Velarde dedicó a su país natal un poema intitulado La suave patria, en el que canta episodios de la historia de México, la  riqueza de su cultura, las características de su identidad y la hermosura de sus mujeres. Para el poeta “la suave Patria, alacena y pajarera” es, además, “impecable y diamantina”. Agrega: “¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena de deleites frenéticos nos llena!”

Por sus espectaculares paisajes, la belleza de sus mujeres y por lo pródiga que la naturaleza ha sido con Nicaragua, descrita en los términos más elogiosos por los cronistas y viajeros que nos han visitado en distintas épocas, a partir del período colonial, también nosotros podríamos llamar a la nuestra “la suave patria”.

Pero, si nos enfocamos en su devenir histórico, caracterizado por José Coronel Urtecho como “una sucesión de guerras civiles”; si tenemos en cuenta las dictaduras que en distintos momentos se nos han impuesto, así como la supervivencia del anacrónico caudillismo y otros vicios que delatan lo primitivo de nuestra cultura política, entonces el calificativo ya no sería de “suave patria” sino de “dura patria”, aunque ese calificativo no disminuya en nada nuestro permanente amor por ella.

Dura patria por su alto índice de población sumida en la pobreza y la miseria. Dura patria, que obliga a miles de sus hijos a emigrar en busca de trabajo. Y cualquiera que sea su destino, siempre añoran con cariño inquebrantable la patria que se vieron forzados a abandonar.

Dura patria, cuya institucionalidad ha sido reducida a escombros por la ambición desmedida de concentrar el poder y perpetuarse en él; dura patria donde la corrupción corroe sus entrañas; donde graves crímenes quedan en la impunidad; dura patria donde por la falta de independencia de los poderes del Estado, el ciudadano se siente indefenso ante cualquier abuso y no puede confiar en que se le hará justicia si acude a los tribunales; dura patria donde no siempre las leyes que se aprueban están inspiradas en el bien común y más bien persiguen apuntalar la concentración de poder. Esto pone en mayor riesgo la seguridad ciudadana bajo la excusa de proteger la “seguridad soberana”.

A propósito de la corrupción, decía Tucídides que un gobernante no solo debe tener las manos limpias, sino también los ojos limpios para ver la corrupción que le rodea.

Dura patria, donde a la ciudadanía se le ha despojado del derecho humano de superar sus diferendos políticos por la vía civilizada y cívica del voto, debidamente contado y respetado; dura patria donde el pueblo es convocado a participar en farsas electorales, dejándolo sin opciones democráticas y competitivas por las cuales inclinar su voto.

Dura patria donde los jóvenes tienen dificultades para encontrar un empleo digno, que se corresponda con su formación académica; donde un alto porcentaje de la juventud piensa que su mejor futuro está en emigrar; dura patria, donde amplios sectores juveniles son políticamente manipulados y obligados a asistir a actos partidarios para conservar sus becas; dura patria, donde se cierran los espacios para un legítimo protagonismo de los jóvenes en la construcción de un mejor futuro para nuestro país. Dura patria, donde muchas mujeres sufren violencia intrafamiliar, el número de feminicidios se incrementa año con año y la equidad de género es una quimera.

Dura patria, donde el empleo informal provee la mayoría de las ocupaciones que generan ingresos mínimos para subsistir.

Es dura la patria, pero es la que nos pertenece y amamos. La suavizan sus bellezas naturales; las virtudes que caracterizan al nicaragüense, que abre sus brazos y ofrece su amistad al forastero; los méritos literarios de sus poetas, escritores, músicos y artistas, a la cabeza de ellos, nuestro Rubén Darío, renovador de la poesía y la prosa en español; el valor indomable de nuestros campesinos y campesinas que no retroceden en la defensa de sus tierras, de nuestro gran lago y de nuestra soberanía. Ellos son los verdaderos hijos de Sandino, paradigma de la dignidad nacional. Por estos campesinos y campesinas, que nos dan el mejor ejemplo de amor a la patria, bien vale la pena festejarla en sus más importantes efemérides: 14 y 15 de septiembre.

 El autor es escritor y jurista.

COMENTARIOS

  1. El Observador
    Hace 10 años

    Magnífico artículo. No cabe duda que el señor Túnnermann tiene una gran capacidad de análisis cuando describe lo duro de la situación. A veces me pregunto, ¿por qué nunca escribió algo paracido durante el gobierno de los años ochenta?

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