Además de las palmas que brotan desde cualquier rincón de su Nicaragua, Nicaragüita, Carlos Mejía Godoy recibe como si tuviera “la alforja campesina” en sus manos, una distinción internacional, recibirá un premio especial de parte de la Academia Latina de la Grabación al margen de la gala de los Grammy Latinos.
Esa connotación tiene la prenda encomendada por el equipo especializado que ha comprobado los atributos de su obra tantas veces vivida por los nicaragüenses que han celebrado su identidad a través de la entrega de cada concepción con domicilio bucólico en la ruralidad.
La inspiración sale de la hondura vernácula que lo incluye en la pertinencia folclórica, aquella que comenzó a trascender por aquellos años del siglo XIX.
Folclorista es el que ha hecho la autoría anónima hundiendo la cabeza en la raíz, pero que posteriormente ha rescatado la investigación ancestral, puesto en el justo escalafón por los que reconocieron su existencia primitiva.
El premio está exento de la rigurosidad. Está lleno de la elasticidad a través de su voz, de su tonalidad y gestualidad típica y pícara, del movimiento incesante del acordeón, ese instrumento de viento con el teclado esparcido, en la preservación de los melódicos y de los armónicos, leales a los matices expresivos. Las mazurcas de Carlos nacieron de las tetas de las montañas.
Creo que están tardíos los reconocimientos tanto a su obra como a la paternidad que él ha puesto en la sensación anímica del solaz y del orgullo.
Los méritos se duplican en él cantaautor. Compone e interpreta con una simultaneidad que multiplica al amor. El cantautor no delega, se delega a sí mismo. Se observa en su estilo la tendencia de una imagen que gira alrededor de su sol. Ejecutor de las criaturas que trajo al mundo para ser símbolos de la identidad.