Lilliam Luna, madre del tricampeón mundial Román «Chocolatito» González. LA PRENSA/BAYRON SAAVEDRA

Mamá del «Chocolatito»: pelea será dura pero ganará mi hijo

La mamá del "Chocolatito" González anticipa una victoria de su hijo, pero admite que debe ser una pelea dura ante Carlos Cuadras este sábado

Pasen, dice. La mujer que da la orden es Lilliam Luna, la madre de Román “Chocolatito” González. Afuera de la casa, un policía resguarda y ella es quien autoriza o niega el pase al interior. A punto estaba de preparar el almuerzo, pero dice que lo hará después, y ofrece asiento.

“Le he pedido a Dios que todo salga bien, porque esta pelea de Román yo miro que será dura, va buscando la cuarta corona, y espero que la traiga a Nicaragua”, comenta. Está sentada con el torso hacia adelante, y sus manos se abrazan inquietamente, como si no pudiera mantenerlas a raya.

“He estado un poquito tensa, un poquito nerviosa”, confiesa. Para ella estos días han sido de elevar oraciones al cielo. Acostumbra celebrar pequeños cultos evangélicos los jueves y sábados en su casa, pero esta vez habló con el pastor y solo habrá jueves (ayer), el sábado será día de cocinar, de atender a periodistas y de sentarse a ver a su hijo contra Carlos Cuadras.

“El muchacho pasado le salió duro (McWilliams Arroyo), yo dije que iba a ganar en seis o siete rounds, y fallé. Ahora no le puedo decir en qué round ganará. Román me explicó que Cuadras es un muchacho bueno, pero mi corazón está seguro de algo, de que gana mi hijo, gana”. Sus palabras nacen de una seguridad entendible solo de alguien que se ha adelantado al futuro.

«ROMÁN ESTÁ PENDIENTE DE TODO»

Doña Lilliam prefiere ver pelear a Román en la pantalla gigante que el gobierno levanta afuera de su casa y no directamente en los grandes escenarios. “Mi hijo siempre me invita, vamos mama, me pide, y le digo que no puedo dejar la casa sola, y se resigna, pero es duro verlo salir a otro país a entrenar, a cumplir sus sueños”, relata.

“Chocolatito” ya no vive con ella desde hace un tiempo, pero no deja de llegar a verla. “Amorcito, me hacés un cafecito”, “Amorcito, te traje este pollito, esta pizza”, “Amorcito, si necesitas algo solo llamame”, “Amorcito, estoy solo una libra por encima del peso”. Esto último se lo dijo la noche de este miércoles, después de entrenar en el gimnasio Wild Card de Santa Mónica, California.

A doña Lilliam las manos han dejado de temblarle. Ahora en su rostro se dibuja una sonrisa sincera. Lo amargo de una vida pasada marcada por la pobreza tiene un sabor dulce, sabroso. Román es un gran boxeador, pero también un gran proveedor. Lo que le pide, se lo da. “Ha sido mi mayor bendición. Ya no cocino en un bar, como lo hacía antes. Su padre ya no sale a vender a las calles. Ahora soy la madre del campeón. Jamás me lo imaginé”.

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