Ante la Asamblea Mundial de Educación de Adultos, celebrada en Buenos Aires en 1985, el famoso educador brasileño Paulo Freire expuso las que él consideraba las ocho virtudes que deberían distinguir al “educador comprometido”, es decir, el educador que trabaja por la construcción de una sociedad donde impere la justicia.
Ocho son, según Freire, esas virtudes. Ellas, nos advierte, no son cualidades abstractas sino que “se crean en nosotros”. No pueden ser vistas como algo con lo cual se nace “sino como una forma de ser, de encarar, de comportarse, de comprender, todo lo cual se crea a través de la práctica, en búsqueda de la transformación de la sociedad”. Veamos cuáles son esas virtudes.
En primer lugar, Freire coloca la virtud de la coherencia, es decir de la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. Esta debería ser una virtud básica de todo educador. No puede existir contradicción alguna entre lo que predica en el aula a sus alumnos y su conducta personal, so pena de caer en la hipocresía. La falta de coherencia la hace perder toda legitimidad a su discurso docente y lo transforma en simples palabras huecas. Y el primero en advertirlo sería, seguramente, su alumno.
La segunda virtud debería ser “saber manejar la tensión entre la palabra y el silencio”. “Se trata, explicó Freire, de trabajar esa tensión permanente que se crea entre la palabra del educador y el silencio del educando, entre la palabra de los educandos y el silencio del educador. Vivir apasionadamente la palabra y el silencio, significa hablar ‘con’ los educandos, para que también ellos hablen ‘con’ uno”. Hay que aprender algunas cuestiones básicas como estas, por ejemplo: no hay pregunta tonta, ni tampoco hay respuesta definitiva. “Es necesario, agrega Freire, desarrollar una pedagogía de la pregunta, porque lo que siempre estamos escuchando es una pedagogía de la contestación, de la respuesta”.
La tercera virtud la podemos resumir así: “Trabajar críticamente la tensión entre la subjetividad y la objetividad”, es decir entre conciencia y mundo, entre ser social y conciencia. Al respecto, Freire nos dice: “Es difícil definir esta tensión porque ninguno de nosotros escapa a la tentación de minimizar la objetividad y reducirla al poder de la subjetividad todopoderosa. Cuando yo les digo que es difícil que uno ande por las calles de la historia sin sufrir alguna de estas dos tentaciones, quiero decir que yo también tuve estas tentaciones y anduve cayéndome un poco para el lado de la subjetividad”.
La cuarta virtud Freire la hace residir en “diferenciar el aquí y ahora del educador y el aquí y el ahora del educando”. “Porque en la medida, aclara Freire, que yo comprendo la relación entre ‘mi aquí’ y ‘el aquí’ de los educandos es que empiezo a descubrir que mi aquí es el allá de los educandos”.
Las otras virtudes que Freire recomienda a los educadores son “evitar el espontaneísmo sin caer en posturas manipuladoras” y “vincular teoría y práctica”, es decir, “vivir intensamente la relación profunda entre la práctica y la teoría, no como superposición, sino como unidad contradictoria, de tal manera que la práctica no pueda prescindir de la teoría. Pensar que todo lo que es teórico es malo, es algo absurdo, es absolutamente falso. Hay que luchar contra esta afirmación. No hay que negar el papel fundamental de la teoría. Sin embargo, la teoría deja de tener cualquier repercusión si no hay una práctica que motive la teoría”.
Como séptima virtud Freire recomienda “practicar una paciencia impaciente”, explicada en los términos siguientes: “Se trata de aprender a experimentar la relación tensa entre paciencia e impaciencia, de tal manera que jamás se rompa la relación entre las dos posturas”. Por último, pero no menos importante, está la virtud de saber leer el texto a partir de la lectura del contexto. “Esta es una de las virtudes que deberíamos vivir para testimoniar a los educandos, cualquiera que sea su grado de instrucción (universitario, básico o de educación popular), la experiencia indispensable de leer la realidad sin leer las palabras. Para que incluso se puedan entender las palabras. Toda la lectura de texto presupone una rigurosa lectura del contexto”.
El autor es jurista y catedrático.