Tenemos algunos días de estar presenciando un debate en el cual participan numerosos ciudadanos que, horrorizados por el proceso electoral que estamos viviendo, coinciden en calificarlo de farsa. Hay entre ellos quienes opinan por abstenerse de votar, y también los hay quienes prefieren anular su voto. Desde luego, imposible descartar la existencia, entre estos últimos, de orteguistas camuflados cuya misión es la de promover la posición que, no muy sigilosamente, patrocina la dictadura. Estas líneas, sobra decirlo, no son para ellos.
Para que discusiones como esta sean fructíferas, es preciso poseer una clara visión de los objetivos que se persigue; el primero de ellos, en este caso: dejar evidenciado, ante los ojos de la ciudadanía y la comunidad internacional, que sin duda asistimos a una tragicomedia cuyo desenlace, de antemano determinado por el guion, solo podrían alterar improbables y dramáticos acontecimientos. Hasta el monto de los honorarios que por su actuación devengarán conocen desde ya los comparsas. Por fortuna, los propios guionistas, en su desvergüenza, han hecho innecesario el demostrar aquí la existencia de la farsa. Gracias.
Enseguida viene la cuestión crucial: ¿cómo investigar si es significativa la cantidad de nicaragüenses que no están dispuestos a comportarse como mansos espectadores de la farsa, y menos a convertirse en sus ingenuos cómplices? Dado que, innegablemente, los números que eventualmente conoceremos serán los que ya han inventado, o en su momento inventarán, los mercaderes del espectáculo, es preciso encontrar alguna manera, invulnerable a la manipulación con cifras, de explorar los sentimientos que predominan entre la ciudadanía. Afortunadamente esa manera existe, y es posible llegar a una estimación confiable de las dimensiones del repudio que genera entre los ciudadanos el despectivo, irrespetuoso manoseo a su dignidad y derechos al que individuos inescrupulosos, tratándolos como a sumisos borregos, pretenden someterlos.
Para descubrir el mecanismo deseado basta con contestarse honradamente la simple pregunta siguiente: ¿qué mensajes enviarían cada una de las posibles alternativas que se contrastan —la de hacer cola frente a las urnas para votar nulo, o la de rechazar terminantemente humillarse ante ellas— a la mente de un observador neutral, objetivo, acerca de la magnitud de la resistencia que opone la ciudadanía a ser atropellada? Acaso más claro: ¿habría alguna diferencia entre el juicio que se formaría dicho observador, nicaragüense o no, al ver una larga fila de ciudadanos que, robando horas a su descanso dominical, se asolean pacientemente con tal de votar, y aquel al que llegaría después de contemplar el espectáculo ofrecido por centros de votación en los que los encargados se están sosteniendo la quijada?
Creo que no se necesita quemar demasiadas neuronas para concluir que cualquier persona serena que esté familiarizada con las acusaciones de que el proceso electoral es una farsa, y con las afirmaciones de que dicha farsa es repudiada por una inmensa cantidad de nicaragüenses, llegaría a conclusiones diametralmente opuestas según si contempla largas filas de gente dispuesta a votar, o soñolientos, ociosos funcionarios. Para ser explícito, dado que la existencia de la farsa no es materia de cuestionamientos honestos, en el primero de los casos probablemente quedaría convencido de que la gran mayoría de los nicaragüenses carecen de la autoestima requerida para rebelarse, y por ende son capaces de soportar estoicamente cuanta afrenta se les quiera infligir. Y en el otro, de que esa inmensa mayoría posee el coraje y la dignidad que demanda la lucha por cambiar su destino; de que por tanto esa lucha merece ser apoyada; y de que lo que surja de la farsa es absolutamente inválido… ¿Qué preferimos?
Tres reflexiones finales: 1) obviamente existe una minoría de ciudadanos a quienes el orteguismo puede someter a presiones irresistibles; es pues comprensible que estos tengan, por sola alternativa, el voto nulo; 2) una nueva y reciente pista nos obsequió el orteguismo para que adivinemos una de las inquietudes que le quitan el sueño: ¿por qué poner, de repente, tantas trabas a ciertas personas que desean ingresar al país?, ¿será que le preocupan sus ojos, cámaras y testimonios?; y, 3) aseguro que no apareceré en las fotos que la propaganda orteguista anhela tomar de largas filas de votantes. ¿Podrán tomar alguna…?
El autor es presidente del Partido de Acción Ciudadana.