Hace unos dos meses falleció alguien a quien recuerdo con mucho aprecio. Bastará decir que lo conocí en circunstancias de trabajo, a lo largo de varios años, y como me he propuesto aprender deliberadamente de todo lo que me pueda enseñar mi mejora continua, me puse a revisar bitácoras de antiguas notas sobre reuniones y pláticas sostenidas, primero en las oficinas locales, y luego cuando él fue nombrado como ejecutivo de área en Estados Unidos, que fue donde pude relacionarme más directamente y conocerle mejor.
He encontrado en esas notas pequeños tesoros de bolsillo, los cuales quiero compartir.
Recuerdo el día que le conocí, él tendría unos 45 años, yo estaba recién entrado a la petrolera, y me llamó la atención el increíble nivel de energía que le imprimía a todas las tareas en que se involucraba. No era aquel movimiento sin pensamiento, sino que establecía estrategias y planes, que no pocas veces le llevaban a conflictos con otra gerencia en particular, pero nunca por falta de acción: era siempre quien se ponía en primera línea para las tareas más difíciles, sobre todo si eso requería alguien quien arremangara su camisa y procediera a la ejecución, esa disciplina tan valiosa y escasa en las organizaciones.
A él debo algunos consejos que me han servido —y que indudablemente siguen siendo una referencia permanente— en todos estos años:
“Nunca caigás en la irrelevancia, de vos dependerá el tamaño que le vayás a dar a tu posición”. Señalaba que “el problema principal es que las personas solo esperan algo de un nombramiento, siendo la dura verdad que los puestos son solamente como una percha; puedes colgar una camisola de a 10 pesos, o puedes poner allí un traje Armani de 3,000 dólares”, me decía. “Las personas con sus capacidades y visión hacen tan grande o tan pequeño el puesto que les den”.
“Nunca estés fuera de donde acontece la acción, brinda siempre tus ideas a quien tiene el poder de ejecutarlas; si sos vos mismo, no te pidas permiso, procedé de inmediato”, máxima que se contrapone valientemente a las posturas cobardes del mínimo esfuerzo o pereza mental; de agazaparse en la inacción, en el cálculo, en el “calladito me veo más bonito”, esas actitudes yoquepierdistas y desalentadoras que contaminan un equipo y una cultura.
“No te preocupes que te copien las ideas, tarde o temprano ellas mismas gritarán quién es su papi”: esta afirmación la veo comprobada frecuentemente cuando quien verdaderamente aporta soluciones no le interesan los créditos y la vanidad, sino la articulación para alcanzar los objetivos. Frecuentemente requiere una gran dosis de humildad, de tolerarse ver temporalmente los méritos en otras cabezas, pero tarde o temprano, todas las cosas —y muy especialmente las buenas ideas— se terminan pareciendo a quien las trae al mundo.
“Especializate en aquellas tareas más difíciles, las más complicadas, esas a las que todo el mundo se les corre, estudia a profundidad, aprende siempre”.
Recuerdo claramente lo que me dijo el día que me nombraron en mi primera posición en Seguridad Operacional. Todos mis colegas me dieron un sincero pésame y auguraron mi fracaso; solamente él quien fungía como gerente de operaciones, actuó como mentor y me dijo: “Excelente. Ahora tenés todo para hacerte imprescindible. Aplicate dedicadamente y verás cómo vendrán a buscarte, ya que serás el único”. Fueron palabras proféticas.
“Buscá tu independencia, mira siempre hacia donde elijas estar en un año y haz algo diario que te acerque a ese objetivo”, perla final con la que empiezo invariablemente cada nuevo día.
¡Gracias por tus enseñanzas, amigo Jorge Wheelock!