Michele Richardson es adicta al trabajo. Está de vacaciones, pero ya envió una docena de emails para adelantar tareas. Hoy es consejera certificada del American College de Managua, donde orienta a niños y adolescentes en sus estudios y relaciones sociales. Ayer era nadadora olímpica. El 3 de agosto de 1984, Michele ganó una medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en natación, categoría de 800 metros libres. Cada cuatro años, confiesa, cuando llegan las Olimpiadas de verano, la originaria de Managua recuerda vívidamente el instante en que subió al podio y recogió su presea para el equipo de los Estados Unidos. Y este año, a unos días de que comience Río 2016, vuelve a revivir el pasado.
En esta entrevista Michele ofrece su punto de vista sobre cómo Nicaragua podría ganar finalmente una medalla para su historia, cuenta los esfuerzos de su padre para que ella compitiera por Nicaragua y el “no” que obtuvo como respuesta, y rememora el sacrificio que implica convertirse en una de las mejores atletas del mundo.
Usted era apenas niña cuando ganó la medalla de plata, ¿qué edad tenía?
Cumplí 15 años en abril del 84, unos meses antes de las Olimpiadas.
¿Ganar una medalla en Juegos Olímpicos cambia la vida de una persona?
Sí. Lo que me cambió la vida fue la carrera para llegar a los Juegos. El cómo yo llegué a ser parte de un equipo olímpico. Al final no todo el mundo sale con medalla, pero solo ir a las Olimpiadas implica muchísimo trabajo. Fue extraordinario. Me enfoqué a practicar las seis o siete horas al día necesarias.
¿Seis o siete horas al día durante cuánto tiempo?
Tres años antes de la prueba. Desde los 12 años, incluyendo sábados y algunos domingos.
¿A cuál piscina iba?
Ya nos habíamos ido a los Estados Unidos. Era 1980 y yo miré las Olimpiadas de Moscú de ese año por la televisión. Entonces le pregunté a mi entrenador qué tenía que hacer para llegar ahí y él me dijo: “Tenés que despertarte a las 4:00 a.m., venir a nadar en la mañana un par de horas y regresar por la tarde”. “Ok”, le dije yo.
¿Comenzó a nadar en los Estados Unidos?
En Nicaragua ya nadaba pero me mandaron a los Estados Unidos. Me mandaron donde mi abuela, que vivía en Miami. Yo no hablaba inglés y fue difícil para mí. Eso fue en el 79, tenía 10 años. De un día al otro yo tenía una maleta y me mandaban donde mi abuelita. No entendía nada. Lo que le dijo mi mamá a mi abuela fue: “Ella nada, llevala a la Universidad de Miami, donde hay una piscina, y metela al equipo porque eso le va a ayudar mucho”. Mi abuela no tenía carro, entonces caminaba conmigo como cinco o seis cuadras, nos metíamos a un bus y como en media hora llegábamos a la piscina. Nadaba dos horas después de clases. A finales de 1980 ya vinieron mis papás y ahí fue que yo vi los Juegos de Moscú y le dije a mi padre: “Yo quiero ir ahí”.
¿Cómo fue quedarse en casa de su abuela, sin sus padres?
Lloraba mucho. Mi mamá hizo el viaje conmigo, se quedó dos días y regresó a Nicaragua. Yo no entendía por qué no regresaba con ella. Luego me explicaron que era porque Nicaragua se había vuelto peligrosa. Para mí yo iba de vacaciones. Me quedé como un año sola con mi abuela y comencé a aprender inglés. No fue fácil el colegio.
¿Le hacían bullying?
(Ríe). Como mi inglés no era muy bueno, me comenzaron a llamar “Chacha”, porque venía de un país latino, y entonces según ellos yo podía bailar el chachachá. Cuando empecé a bajar mis tiempos de natación y empecé a estar rankeada en el mundo, en los periódicos locales salía “Chacha gana otra vez”.
¿Entonces usted es totalmente nica, nació en Nicaragua y hasta los 10 se fue a los Estados?
Yo nací aquí en Nicaragua, en Managua. Mi mamá cubana-estadounidense y mi papá hijo de estadounidenses pero nacido en Nicaragua. Ella se vino a Nicaragua a los 18 años y se casó con mi papá, se enamoraron y todos mis hermanos y yo nacimos aquí. Entonces nosotros teníamos derecho a ser de los Estados Unidos por mis padres. A tener un pasaporte de allá.
¿Y ya cuando sus papás se reúnen con usted es que comienza el entrenamiento intensivo?
Sí. Nos íbamos como a las 4:15 a.m. de la casa todos los días y empezaba antes de las 5:00 de la mañana. Yo entrenaba desde las 5:00 hasta las 7:30. Me dieron permiso en el colegio para llegar tarde y después del colegio mi mamá me recogía y me llevaba directo a la piscina. Ahí era de las 3:00 de la tarde hasta las 7:00.
¿No tenía otros intereses, televisión, amigos, juegos?
Bueno, cuando era más chiquita jugaba Barbies. Obvio no había internet y yo estaba tratando de aprender el idioma. Mis amigos eran nadadores, entonces mi vida era la piscina. Disfrutaba mucho. Especialmente cuando empecé a ganar.
¿Cuándo fue eso?
A los 11 años ya estaba ganando. A los 11, 12 años ya era una de las mejores en Florida.
¿Qué tipo de torneos ganaba?
Eran torneos escolares y del Estado de Florida. Empecé a ganar, a quebrar récords en las categorías de niños. En ese momento hice las nacionales. Mis padres no sabían qué hacer, si mandarme a juegos de mi edad o mandarme a las nacionales, donde van los mejores nadadores del país. Y mi entrenador dijo: “Mándenla a los juegos de los grandes”. Saqué séptimo lugar con 12 años. Ahí todo el mundo empezó a enfocarse en quién es esta niña que ganó el séptimo lugar del país con 12 años. Era “Chacha”.
¿Ahí competía como estadounidense o nicaragüense?
Es que ahí no te tenías que declarar. Solo para Juegos Olímpicos o las pruebas internacionales. Pero ahí cualquier persona que estaba nadando en los Estados Unidos, fueran de Texas o de Brasil, podían ir a las nacionales.

Pero para las Olimpiadas su papá trató de que usted participara para Nicaragua, ¿no? Cuénteme cómo fue eso.
Mi papá te lo puede explicar mejor que yo. Honestamente lo único que yo pensaba era que iba a ir a la Olimpiadas. En el 82 creo que eran los Juegos Panamericanos y fue mi papá el que pidió. Mandó cartas a Nicaragua, solicitando que me integraran al equipo de natación y supuestamente nunca recibió respuesta. Enrique Mencía (su profesor de natación en Nicaragua) también sabe exactamente lo que pasó. Yo estaba entrenando allá pero mi papá me había dicho: “Vas a ir a representar a Nicaragua”. Yo nací en Nicaragua y mi inglés en el 82 estaba grave todavía. O sea, “Chacha” pasaba más tiempo en el agua que fuera del agua. Entonces después de la negativa me acuerdo que mi papá me dijo que yo iba a ir a las Olimpiadas de 1988 con los EE.UU., que Nicaragua no me iba a mandar para el 84 ni para los Panamericanos. Y yo dije que no. Que iba a los Juegos del 84. Todos me decían que no era mi tiempo, pero mi entrenador me dijo que sí podía.
¿Por qué su papá no?
Porque tenía miedo. Porque para ser del equipo olímpico tenés que ser de los mejores del país.
¿En cambio en Nicaragua hubiera sido una clasificación por defecto?
Sí… Yo creo que el problema fue en comunicación, pero yo ya me quiero olvidar de eso porque la medalla está aquí en Nicaragua. Hace cuatro años el presidente (Daniel Ortega) me reconoció. Eso para mí fue un momento muy lindo. Me entregó la Bandera nicaragüense, me mandó a Londres, a los Juegos Olímpicos de 2012, a caminar con el equipo nicaragüense. Ya teniendo mi edad eso fue tan especial para mí… Él me dijo: “Sí, Michele, te reconocemos que sos nicaragüense”. Eso fue algo sumamente especial. (Se le humedecen los ojos) Y lloro… Porque todos estos años desde 1994, que yo regresé a este país, solo me lo tiran en la cara que yo no quise representar a Nicaragua. Y no fue así.
¿Nunca le dijo “no” a Nicaragua?
Nunca le dije “no”. Esta niña iba a ir. Aquí está hablando esa niña de 15 años que iba a ir a las Olimpiadas. Mi sueño de mi vida. Y en 1984 se cumplió.
Hay que recordar que las Olimpiadas son eventos deportivos pero también políticos. Por ejemplo, Estados Unidos boicoteó los juegos de Moscú 1980 y quizá para la Nicaragua socialista de los 80 su caso era una situación similar… ¿Qué razón le da su papá a usted de por qué no pudo competir con Nicaragua?
Él me dice que no querían. Para mi papá fue súper triste. Apenas él pudo regresar a Nicaragua, regresó, en 1989. Él está enamorado de
Nicaragua.
En el diario The Nicaragua Dispatch salió que el Gobierno de Nicaragua no quiso porque ustedes eran estadounidenses y representaban a “la burguesía”. ¿Ha leído eso?
Claro… Y yo nací en Nicaragua y mi papá también. Solo mi mamá era cubana. Pero eso ya pasó.
Y la medalla olímpica fue para Estados Unidos y Nicaragua siguió y sigue sin una de bronce siquiera… ¿Cómo recuerda el día que ganó la medalla?
No nadé muy bien, te cuento. La noche anterior estaba nerviosa porque ya en ese momento yo había visto a dos amigos que entrenaron conmigo y salieron sin nada. Le decía a mi coach: “¿Y si salgo sin nada?” Él me decía: “Vos vas a salir con algo. Nadá lo que tenés que nadar y vas a ver”. Y bueno, pasó lo que pasó y quedé segunda. No peleé, honestamente. Tenía 15 años. “Aquí me voy a quedar. Voy a ganar algo”, me decía. Eran los 800 metros estilo libre, entonces ya cuando pasé los 400 estaba estabilizada. Sabía que la Tiffany Cohen (de Estados Unidos) estaba en primero y la Sarah Hardcastle (del Reino Unido) en tercero. Yo me dije: “No lo arriesgo, me quedo aquí”. El tiempo fue malo, de 8 minutos y 30 segundos. Malo, malo. Si me hubiera tirado con todo tal vez hubiera tenido 8:27 o 8:26. Tiffany logró 8:24, estaba muy adelante de mí y no había manera de alcanzarla. La Tiffany tenía 18, 19 años. Ella buscaba el récord olímpico, yo no. ¿Ves cómo es la mente? Ella estaba lista, yo no. Cuando ya me vi en segundo celebré mucho. Ella no obtuvo el récord olímpico por unas décimas de segundo, lo perdió por nada y no estaba muy alegre.
¿Qué sintió cuando tocó la pared de la piscina y vio que quedó segunda?
Cuando me di vuelta y vi el “2”, sentía que todo el peso sobre mis hombros se fue. Estaba tan feliz… El tiempo horrible no me importaba. No fue una de mis mejores nadadas pero sabía que yo me iba a subir a recibir mi medalla.
¿Recuerda a menudo ese momento?
Cada cuatro años lo recuerdo, con cada Olimpiada. Y mi amigo Rowdy Gaines, que fue conmigo a Los Ángeles 1984 (ganó tres medallas de oro en natación), ahora es comentarista para NBC de los Juegos y siempre me trae a la memoria esos momentos. Gozo con mis tres hijos también.
¿Qué dicen ellos de que usted tiene una medalla de plata en Juegos Olímpicos?
No hablamos mucho de eso pero creo que están orgullosos. Ellos ven cómo trabajo, cómo soy de disciplinada con mi trabajo. Hay bastantes veces que estoy muy cansada porque tengo una enfermedad que me da muchos problemas, paso por dolores y ellos aprenden de eso, viendo cómo soy.
¿Qué enfermedad tiene?
Tengo algo inmunológico que se llama colitis ulcerativa. Me diagnosticaron después que nació mi hija, Lizette. Las células de mi parte digestiva atacan a las células buenas. Entonces tenés úlceras, sangrás, siempre estás cansada. Es bien dolorosa la enfermedad, pero ahí voy.
¿Y no hay cura, solo tratamiento?
No hay cura, pero se puede vivir con el tratamiento. Solo tengo que chequearme regularmente porque la probabilidad de cáncer es más común.
Volviendo a los Juegos, ¿usted estuvo en Londres 2012?
Sí. Daniel (Ortega) me entregó la Bandera para cargarla en la inauguración pero al último minuto no pude porque el Comité quiso que solo atletas participantes lo hicieran. Fue un poco triste porque Alexis Argüello la cargó en Pekín 2008 y a mí me mandaron a cargarla. ¿Qué honor no? El comandante me mandó, entonces yo feliz, pero bueno, igual fue un honor caminar junto a la delegación de Nicaragua.
¿Qué tan lejos ve a Nicaragua de ganar una medalla olímpica?
Yo creo que necesitamos aquí más apoyo general. No apoyar solo a una persona sino a niños pequeños desde chiquitos y a todos, no solo al mejor. Porque bastantes veces en los medios, en las noticias, vemos el mismo nombre, el mismo nombre. ¿Qué le dice eso a los demás niños que están esforzándose? “Ah, no. A mí no. Yo nunca voy a ser como ese nombre”. Hay que ser equitativos. Presentarlos a todos. Cómo les fue, qué les faltó. Porque si seguís poniendo un solo nombre el resto se desmotiva.
¿Y a nivel de ayudas económicas o apoyo gubernamental?
También, porque si vos te estás preparando para unas Olimpiadas tu trabajo son seis horas de entrenamiento al día. Nada más. ¿Y qué vas a comer? Necesitás apoyo. Si el Gobierno y si los medios de comunicación apoyan al deporte sin tener favoritos, los niños salen a meterse al deporte. Sin miedo a fracasar.
¿Qué gana un país cuando sus deportistas logran medallas olímpicas?
(Piensa un momento). Confianza. Confianza en nosotros mismos. Que tenemos a unos de los mejores del mundo. Y yo te aseguro que los tenemos. Y hay buenos entrenadores también, pero hay que tener cuidado de no tener favoritos. Yo nunca fui favorita de nadie. Tal vez cuando me llamaban “Chacha”, pero eso eran mis amigos. Siempre tuve que nadar más duro, siempre tuve que hacer más. En el 88, aunque ya no pude clasificar al equipo olímpico, era de las mejores nadadoras del mundo y me ofrecieron becas totales para mis estudios.
¿Qué estudió?
Psicología, en Clemson, Carolina del Sur. Es una universidad pública y la gente es buena. A mí me reclutaron cinco universidades y había unas prestigiosísimas. Cinco que me pedían ver sus instalaciones y hablaban conmigo, pero al final cuando regresé de los viajes dije: “Clemson es la mía”. Y mi papá me decía: “¿Por qué? Si ese es un colegio grande, no tiene tanto prestigio”. Yo le respondí: “Porque ese es el que yo quiero”. Y eso les trato de enseñar a los niños con los que trabajo, que no es el nombre del colegio, es cómo te sentís y qué vas a sacar de ese colegio. Y qué diferencia vas a hacer vos independientemente del nombre del lugar, porque yo dije que no a instituciones más prestigiosas.

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PLANO PERSONAL
Michele Richardson nació en Managua el 28 de abril de 1969. Tiene 47 años, está casada con el ingeniero Carl Ahlers, también nacido en Nicaragua, y tiene tres hijos a los que llama “mis medallas de oro”.
En 1996, para los Juegos de Atlanta, corrió con la antorcha olímpica en Nueva Jersey cuando estaba embarazada de Carl, su primer hijo.
Cuando empezó a ganar competencias en los Estados Unidos su papá compró una caravana o casa móvil que nunca usó, porque ella era tan buena que le daban boletos aéreos. “¡Le costó venderla y siempre me lo echa en cara!”, dice Michele.
Cuando competía tenía 6 por ciento de grasa en su cuerpo (según la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad, a los 15 años el promedio de grasa corporal para una mujer oscila entre 18 y 22 por ciento).
Su comida favorita es el pollo a la plancha y sus hijos a menudo dicen: “Van a crecer plumas aquí”.
Entre sus filmes preferidos está Buscando a Dory, que la hizo llorar.