Alex Torres, vinculado al beisbol por más de cincuenta años e involucrado en sus diversos roles desde pelotero, mánager y scout, fue la primera persona a quien escuché hablar de Cheslor Cuthbert.
“Tenés que verlo, ese chavalo sí batea y tiene fuerza”, fue el diagnóstico sencillo, pero cargado de entusiasmo con que Torres recomendaba a Cuthbert, integrante de una selección infantil.
Luego lo vi en un torneo nacional juvenil en Sébaco y no había que ser experto para percatarse que era un jugador diferente. Diferente en talento y en entusiasmo.
Todo lo hacía sonriendo. Parecía dispuesto a jugar 20 innings cada día y quería ir tras los elevados por todo el campo. Un tipo carismático. Apasionado por lo que hacía y con metas bien definidas.
“Mi jugador favorito es Alex Rodríguez y me gustaría jugar con los Yanquis”, me dijo en entrada. Tenía 13 años y no hablaba del Pomares o la Costa Atlántica, sino de las Ligas Mayores.
Luego apareció Wilfredo Blanco y todos vimos su progreso. Blanco lo trabajaba duro y templó su carácter. Pero como Wil era scout de los Mets, y su asistente, Juan López, de los Royals, era difícil que tomara otra ruta.
López hizo bien su trabajo y acordó temprano un trato con la familia de Cuthbert y cuando los demás equipos reaccionaron ya era demasiado arde. Kansas lo firmó en 2009 y ahí comenzó la historia.
Nadie sabe hasta dónde llegará Cheslor, el chavalo que sigue sonriendo ahora sobre el mejor escenario que tiene el beisbol, que hace todo con pasión y que conserva ese carisma especial.
Su bate no ha dejado de tronar y su manopla atrapa lo que se mueve. Tiene un ritmo para pulverizar los modestos récords de los bateadores nicas que han desfilado por las Grandes Ligas.
Ayer estuvo con Obama en la Casa Blanca, pero no sabemos dónde terminará su carrera. Es muy temprano para una declaración. Por ahora, disfrutémoslo. El futuro tendrá todas las respuestas.