Nasere Habed López

Impericia y negligencia médica

La muerte de la paciente del doctor Páramo ha acaparado la atención de los medios de comunicación, a la par que ha puesto de relieve la necesidad de implementar un sistema de seguimiento y control del ejercicio de la medicina en Nicaragua, iniciando desde la calidad de la formación científica y ética que debe recibir el estudiante de medicina en las universidades.
No existen en Nicaragua leyes específicas que regulen el ejercicio profesional de la medicina, siendo la más importante de las profesiones por su incidencia en la preservación de la vida humana. Tampoco se han organizado los médicos en colegios o asociaciones que velen por los intereses de sus asociados y supervisen su ejercicio profesional como ocurre, por ejemplo, con los contadores públicos de Nicaragua, regidos por la Ley para el ejercicio del Contador Público (Ley No. 6 del año 1958).

La referida ley, que puede tomarse como referente metodológico para la regulación de la profesión médica, establece los requisitos para ejercer la profesión; las causas por las cuales se pierde esa calidad; y las funciones que corresponden desempeñar al profesional.

Asimismo, la ley No. 6 crea el Colegio de Contadores Públicos, con las siguientes funciones: Promover el desarrollo de la ciencia contable; cuidar el desarrollo de la profesión en todos sus aspectos; y procurar el mejor desarrollo de la enseñanza en el ramo.
De acuerdo con esa Ley, corresponde a la Junta Directiva del Colegio de Contadores Públicos, dictar el Código de Ética Profesional, conocer de las violaciones a las disposiciones del Código e imponer las sanciones que fije su Reglamento.

A diferencia de otros países, Nicaragua carece de un código de ética médica, aún cuando hay un Código Internacional de Ética Médica, cuya primera versión fue aprobada por la  3ra. Asamblea General de la Asociación Médica Mundial  en Londres, en 1949. Es un documento que tiene el mérito de mencionar por primera vez la obligación legal del médico, de respetar los derechos de sus pacientes y cumplir con el deber primordial de preservar la vida humana.

El Código Internacional de Ética establece, entre otros, los siguientes deberes del médico:
• Proporcionar un servicio profesional competente, con plena compasión y respeto a la dignidad humana.
• Tratar con honestidad a pacientes y colegas  y esforzarse por denunciar a los médicos incompetentes y a los que incurren en fraude o engaño.
• No obtener un paciente, recetarle un producto determinado, o enviarle a una farmacia o establecimiento, con el solo propósito de recibir un honorario, pago o comisión.
• Llamar a otro médico, calificado en la materia cuando un examen o tratamiento sobrepase su capacidad.
• Certificar únicamente lo que él ha verificado personalmente.
• Guardar absoluto secreto de todo lo que se le haya confiado.
• Comportarse con sus colegas como desearía que ellos se comporten con él.

Por su parte el Código de Ética Médica de la Confederación Médica Argentina (1955) en su  Art. 1, sobre los Deberes de los Médicos para con la Sociedad, establece lo siguiente: “En toda actuación, el médico cuidará de sus enfermos ateniéndose a su condición humana. No utilizará sus conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad. En ninguna circunstancia le será permitido emplear cualquier método que disminuya la resistencia física o mental de un ser humano, excepto por indicación estrictamente terapéutica o profiláctica determinada por el interés del paciente, aprobadas por una junta médica. No hará distinción de nacionalidad, de religión, de raza, de partido o de clase, solo verá al ser humano que lo necesita”.

Con base en lo expuesto, pienso que es deber esencial de autoridades y médicos de Nicaragua enfrentar el desafío de regular el ejercicio de esta importante profesión, crear el colegio médico y dictar el código de ética médica, instrumentos fundamentales para combatir la inexperiencia y negligencia  médica y contribuir al bien de los enfermos, de los mismos médicos y de la sociedad en general, teniendo siempre a la vista que la vida y la salud constituyen los bienes más valiosos de los seres humanos.
El autor es psicólogo, doctor Honoris Causa de la UNA-Managua y Orden Mariano Fiallos Gil, del Consejo Nacional de Universidades.

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