Julio es pródigo en efemérides revolucionarias. Para mencionar algunas: 4 de Julio, Independencia de Estados Unidos (EE. UU.). 14 de julio, toma de la Bastilla o Revolución Francesa. 19 de julio, Revolución Sandinista. 26 de julio, Revolución Cubana.
Carlos Marx tenía una visión idealizada de las revoluciones. Las llamó “parteras de la historia”, por considerarlas eventos en que fuerzas nuevas rompían los moldes obsoletos que las aprisionaban, alumbrando así criaturas o sistemas políticos nuevos y superiores. La gente también, cuando oye “revolución”, asocia normalmente el término a rebeliones que destruyen órdenes viejos para crear otros radicalmente distintos y, en cierta forma, más avanzados.
Mas no siempre es así. No todo lo que suena a revolución lo es. Dentro de las llamadas revoluciones hay algunas que hacen mucho ruido, pero cambian poco las cosas o, peor, las cambian, pero para regresar a formas antiguas de gobierno. Hay otras, en cambio, que son verdaderamente revolucionarias en cuanto producen un orden realmente distinto y mejor.
La revolución americana, que dio lugar a la independencia del 4 de julio de 1776, no es solo una de estas, sino la más profunda, impactante y duradera de las revoluciones políticas modernas, aún más que la francesa. Rompió con el autoritarismo de la monarquía inglesa de entonces y dio luz a una criatura novedosa; la democracia representativa.
Inspirados en la idea promovida por la ilustración, de que los gobiernos derivan su poder del consentimiento de los gobernados, los fundadores de esta revolución instituyeron la celebración de elecciones periódicas para seleccionar a los representantes del pueblo en los poderes del Estado. También redefinieron el papel del gobierno: ya no más regir o dictar el destino de los gobernados, sino garantizarles sus derechos y libertades. Si incumplía su cometido el pueblo tenía el derecho de abolirlo e instituir uno nuevo.
Los fundadores estaban muy conscientes del eterno peligro que representan los gobiernos o personas con mucho poder. Se empeñaron entonces en diseñar un sistema político que sujetara a los gobernantes a límites bien demarcados y que repartiera el poder —en vez de concentrarlo— en tres estamentos independientes: legislativo, ejecutivo y judicial, con sus respectivos sistemas de pesos y contrapesos.
Abraham Lincoln bautizaría después al nuevo sistema como “El poder del pueblo, para el pueblo, y por el pueblo”. Con él, como marco institucional, EE. UU. se convirtió en la primera nación en asegurar a sus ciudadanos un marco de libertades sin precedentes llegando a convertirse después en la más próspera y estable del planeta. Por algo su Constitución ha sido la más copiada. Aún más extraordinario es el hecho de que dos siglos después, su sistema de gobierno continúa vigente y es el paradigma dominante de los diseños políticos.
Revoluciones como la rusa de 1917, la cubana de 1959, o la sandinista, de 1979, aunque se alzaron contra despotismos, revirtieron en realidad a modelos muy parecidos a los de las monarquías absolutas de antaño; concentración total del poder en una vanguardia o líder que está por encima de la ley; gobiernos no del pueblo sino del partido, para el partido y por el partido, que desembocaron en déspotas empeñados en perpetuarse en el poder y heredar sus coronas como monarcas; el caso de Corea del Norte, de padre a hijo a nieto, o de Cuba, de hermano mayor a menor. Al fin y al cabo, comportamientos nada nuevos, nada revolucionarios, propios de modelos obsoletos que pertenecen al museo de los regímenes fallidos. Porque lo verdaderamente revolucionario, en un mundo plagado de cadenas, ha sido abrir las puertas a la libertad, como ocurrió el 4 de julio de 1776.
El autor fue ministro de Educación en el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro.
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