Las elecciones del 6 de noviembre próximo no serían las primeras en las que Ortega presenta su candidatura presidencial sin oposición.
La primera vez fue en las elecciones del 4 de noviembre de 1984, cuando se hizo elegir presidente de Nicaragua sin que participara la verdadera oposición. Lo hizo acompañado por seis pequeños partidos de izquierda o prosandinistas, algunos de ellos pertenecientes al Frente Patriótico de la Revolución (FPR), hasta entonces aliados del FSLN. Los partidos que acompañaron a Ortega y el Frente Sandinista en aquellos comicios fueron: Partido Conservador Demócrata; Partido Liberal Independiente (PLI); Partido Popular Social Cristiano (PPSC); Partido Comunista de Nicaragua; Partido Socialista Nicaragüense (PSN); y Movimiento de Acción Popular Marxista-Leninista (MAP-ML).
La verdadera oposición, que el régimen calificaba como derecha contrarrevolucionaria, la integraban el Partido Conservador de Nicaragua, Partido Liberal Constitucionalista, Partido Social Cristiano y Partido Social Demócrata, apoyados por el Cosep, que quisieron participar en las elecciones por medio de la Coordinadora Democrática Nicaragüense, pero la brutal represión sandinista los obligó a retirarse.
Los partidos que habían sido aliados del FSLN en el Frente Patriótico de la Revolución se declararon opositores, y entre todos obtuvieron una cuota de diputados de un tercio del total, pero eso no le dio a Daniel Ortega la legitimidad que pretendía conseguir. Más bien se intensificó la guerra de la Contra, hasta que en febrero de 1990 Daniel Ortega y el Frente Sandinista se vieron obligados a permitir elecciones transparentes y competitivas, con amplia observación extranjera.
Las circunstancias nacionales e internacionales de ahora son diferentes a las de 1984 y 1990. Pero básicamente la historia siempre se repite y los dictadores jamás aprenden de ella, más bien la ignoran y la patean.
Se acostumbra recordar al respecto lo que escribió Jorge Santayana (filósofo y escritor hispano estadounidense), acerca de que “quienes no aprenden de la historia están condenados a repetirla”.
Por su parte, Carlos Marx escribió en El 18 Brumario de Luis Bonaparte que Hegel “dice que la historia se repite, pero se olvidó de agregar: la primera vez como tragedia y la segunda vez como farsa”. Marx se refería a la gran diferencia del glorioso golpe de Estado de Napoleón Bonaparte en 1799, a partir del cual el emperador francés llegó a dominar a Europa, y el que propinó su sobrino Luis Bonaparte, en 1851, que lo llevó a cometer un montón de disparates que culminaron en la dolorosa derrota de Francia ante Prusia, en 1870.
Dicen que Daniel Ortega es un hombre inteligente, astuto e ilustrado y que por eso ha llegado hasta donde está. Pero si así fuese tendría que conocer las lecciones de Marx y saber que repitiendo como farsa una historia que la primera vez fue tragedia, lo que le espera inevitablemente es el fracaso y la ignominia.