Gonzalo Cardenal M.

La mujer cristiana (III entrega)

Dominio de sí misma. Esta es la cuarta cualidad de la mujer cristiana. La escritura describe el dominio de nosotros mismos con el nombre de templanza, moderación, seriedad, castidad, modestia, etc. Lo contrario del dominio de sí mismo es el no tener control. Es ser dominadas por la gula, por la lujuria, por el miedo, por la curiosidad, por el afán de lujo, por el consumerismo, por la lengua, por los celos, por la necesidad de aceptación. O por la ira.

Menciono estas cosas porque lo hermoso del dominio de sí mismo es que cuando vencemos en una o dos de las áreas que nos dominan, vamos descubriendo con asombro que sin pretenderlo hemos ido adquiriendo también dominio sobre todas las demás. Y es que el problema reside en nuestra propia debilidad interna y no en la atracción de las cosas externas.

La piedad. La quinta cualidad de la mujer cristiana. Su símbolo es María, la de Betania, hermana de Marta y de Lázaro. Es la que se sentaba a los pies de Jesús, para estar en Él y escucharlo. Es una mujer de oración. En general se puede decir que la mujer es más sensible a las cosas espirituales que los hombres. Desgraciadamente parece ser también más vulnerable a los “ángeles de luz”, al “superespiritualismo”.
Papel de la mujer. Vamos a hablar ahora del papel de la mujer en la sociedad, en la familia y en la Iglesia. Nos centraremos solamente en tres puntos que son, sin embargo, la base de todo.

El primero es que la mujer es un miembro pleno del cuerpo de Cristo, igual en naturaleza y dignidad que el varón. Quizás muchas no saben que fue el cristianismo lo que vino a devolver a la mujer su propia dignidad e identidad. Que en las culturas anteriores o contemporáneas al pueblo judío la situación cambia, pero su situación es todavía la de una persona de segunda categoría. La mujer puede ser repudiada casi por cualquier motivo, o puede ser vendida como esclava por deudas del marido. A ambas cosas hace alusión el Evangelio.

Cristo dice entonces “que no fue así en el principio”. Él viene a restaurar las cosas a su antigua condición, aunque el hombre mismo la reconoce como su igual, exclamando: “Esta si es carne de mi carne y hueso de mis huesos”.

En Gal. 3:25-28 San Pablo deja esto muy claro de una vez por todas: “Mas una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo. Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo; ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.

En los Hechos de los Apóstoles vemos a las mujeres realizando muchos ministerios y ejercitando ciertos dones. Y en el Apocalipsis vemos a una mujer coronada de estrellas y con la luna bajo sus pies. La que quebrantó la cabeza de la serpiente. Esta igualdad en dignidad e identidad es algo nuevo en la historia humana, y son Cristo y su Iglesia los que la han devuelto a su condición primera.

Como en la Trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y como en la Iglesia lo que hay es una diferencia de funciones. Que existió también desde un principio.

El autor es miembro del Consjo de Coordinadores de la Ciudad de Dios .
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Opinión
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