Si usted busca en Google “Árbol de la Vida”, va a encontrar una obra de arte arrebatadoramente bella que pertenece al “período dorado” del artista austriaco Gustav Klimt, quien terminó de pintarla en el año 1909.
Sin embargo, en Nicaragua tenemos nuestra propia versión del Árbol de la Vida de Klimt. Pero la versión criolla (acertadamente bautizada en el 2013 como “arbolatas” por la periodista Sofía Montenegro), es en su concepto algo diametralmente opuesto a la pintura original, pues los arbolatas oficiales no conmemoran la vida, sino que solo son una manifestación de los egos ociosos y descontrolados de quienes mandaron a instalarlos.
Así, la miríada de arbolatas que el poder dispuso que se “sembraran” alrededor de toda Managua no tiene sentido desde el punto de vista del paisajismo urbano, porque estos no se integran ni embellecen el medio, sino que sobresalen como armatostes repetitivos, costosos y estériles. Es decir, cualquier turista que venga a Nicaragua debe quedarse pasmado viendo lo que solo puede interpretar como monumentos al derroche oficial, acaso adivinando la magnitud de la naturaleza caprichosa y obsesiva de quienes nos gobiernan.
Los arbolatas orteguistas, pues, a todas luces son un desperdicio masivo de recursos (materiales y energéticos), que bien pudieran haber sido aprovechados sabiamente de haberse invertido en las incontables escuelas rurales que alrededor de toda Nicaragua están a punto de caerse; o bien en los desabastecidos centros médicos y hospitalarios donde los ciudadanos literalmente solo llegan a morir, por mencionar apenas un par de ejemplos que requieren de la urgente atención del Estado.
Y es que esa es, precisamente, la principal crítica que al respecto le podemos hacer a este gobierno: es necesario señalar su hipocresía cínica, si consideramos que el artista original de la pintura de cuyo nombre se apropiaron lo que quiso ilustrar de un modo tan esperanzador fue la perpetuidad de la vida, la cual está firmemente arraigada en una naturaleza que nace, crece, se reproduce y luego muere, para regenerarse e iniciar cada tanto un nuevo ciclo vital.
Es decir, la ironía más grande es que el Árbol de la Vida de Klimt es una celebración de la vida misma, muy por el contrario del culto al despilfarro que inspiró a los creadores de los arbolatas, pues ahora vemos cómo sin reparo los más voraces depredadores de la naturaleza que ha conocido nuestro país precisamente son los dueños de Alba Forestal, quienes, ante el fracaso de un modelo económico que se basaba en la usurpación de riquezas ajenas, han optado por las soluciones más fáciles e irresponsables, como lo es echar mano de unos recursos naturales que realmente pertenecen a las futuras generaciones.
Es por ello que nuestros campesinos han pegado el grito al cielo ante la devastación que ven venir y se han movilizado alrededor de toda Nicaragua, pues nadie mejor que ellos (como guardianes de nuestra naturaleza que son) para guiar el camino de la protección de todo lo que representa la esperanza verde que debemos heredarle a nuestros hijos y nietos, y que el gobierno de turno insiste en explotar inmisericordemente valiéndose de las tretas más inauditas.
Incluso, vemos cómo el amor hacia la naturaleza y la vida no se limitan al arte del austríaco Gustav Klimt, sino que nuestro propio poeta universal, Rubén Darío, se declaraba un absoluto amante del medioambiente, hecho que podemos notar cuando leemos la primera estrofa de su obra La Canción de los Pinos:
¡Oh pinos, oh hermanos en tierra y ambiente,/ yo os amo! Sois dulces, sois buenos, sois graves/Diríase un árbol que piensa y que siente/ mimado de auroras, poetas y aves.
El autor es Secretario Nacional de Juventud – FDN