Recientemente César Zamora, presidente de la Cámara de Energía, visitó a Washington. Su estadía en la capital norteamericana coincidió con la victoria de Donald Trump en la primaria republicana de Indiana y con el colapso de las precandidaturas de Ted Cruz y John Kasich. En una entrevista a su regreso a Nicaragua, don César relató que el ambiente en Washington estaba triste e incrédulo. Comentó que “el que hoy te diga que Trump no tiene posibilidades de ganar está equivocado”. Y refiriéndose a la elección presidencial estadounidense en noviembre, añadió que “así como hoy puede ganar la Clinton por una gran mayoría, también puede perder”.
Comparto la valoración del licenciado Zamora. Captó la incertidumbre que rodea las elecciones más apasionadas, divisivas, groseras y sorprendentes en el medio siglo que tengo de seguir los comicios norteamericanos. El pueblo estadounidense está atravesando “terra incognita” políticamente. Dos de los tres candidatos que aún quedan parados, Trump y Sanders, ni siquiera han militado en los partidos que los pudiesen escoger en sus convenciones. Y los dos probables abanderados —Trump y Hillary Clinton— serían los candidatos más impopulares en la historia de la Unión Americana.
¿Cuál será el desenlace de este extraordinario episodio en la historia política de Norteamérica? Me atrevo a presentar en este escrito algunos elementos que pudiesen apuntar hacia el resultado de noviembre.
Primero, el partido demócrata es el más grande y mejor organizado de los Estados Unidos (EE.UU.). Y es el más diverso. En las seis elecciones presidenciales del último cuarto de siglo, los demócratas han ganado el voto popular en cinco de ellas y han ganado en todos estos comicios 18 estados con 248 de los 270 votos electorales que se necesitan para ganar la Casa Blanca. Los republicanos solo han ganado todas las contiendas en 13 estados y la mayoría de estos tienen poblaciones chicas. Por ende, solo suman 102 de los 270 votos electorales necesitados para elegir el presidente. Partiendo de esa base, Trump tendrá que buscar 168 votos electorales adicionales este año mientras que Hillary Clinton, la probable candidata demócrata, solo necesitará sumar 22 votos electorales adicionales.
En el argot nicaragüense, tanto el piso como el techo demócrata están muy por encima de los republicanos.
Segundo, el electorado demócrata ha sido mucho más heterogéneo que el republicano. Y como la población estadounidense es cada día más multiétnica, esto apunta hacia un camino a la Casa Blanca más fácil para los demócratas en 2016.
Veamos las cifras. En 1960, el 85 por ciento de los norteamericanos eran blancos, 11 por ciento afrodescendientes, 4 por ciento latinos y 0.5 por ciento eran asiáticos. De esta población, tan solo el 5 por ciento eran inmigrantes y la vasta mayoría de estos provenían de países europeos.
Hoy, los blancos siguen siendo la mayoría en los EE.UU. pero han bajado al 63 por ciento. Los hispanos se han convertido en la minoría más grande, 17 por ciento, los negros están en tercer lugar (12% de la población) mientras que los asiáticos han subido al 5 por ciento de los habitantes. Como resultado de una explosión en inmigrantes, los inmigrantes ahora constituyen el 13 por ciento de la población —el porcentaje más alto desde 1920—. Hay 40 millones de ellos y 40 por ciento de estos son latinos, la mayoría de origen mexicano. La metamorfosis demográfica estadounidense no para allí. Para 2045 los blancos serán una minoría —la más grande, pero una minoría— en lo que será un país de minorías, multiétnico y multirracial.
Tercero, esta evolución demográfica ha incidido decisivamente en la matemática del poder norteamericana. El último republicano que ganó la Presidencia fue George W. Bush en 2004. Bush logró su triunfo obteniendo una mayoría de los votantes blancos. Pero le ayudó contar con el 44 por ciento del voto hispano. En las dos siguientes elecciones, el candidato demócrata, Barack Obama, obtuvo victorias con una minoría de votos blancos pero contundentes mayorías entre los votantes de minorías. En 2012, por ejemplo, Obama cosechó solo 39 por ciento de los votos blancos pero obtuvo 93 por ciento de los votos de afrodescendientes, 71 por ciento del de los hispanos, y 73 por ciento del voto asiático.
Cuarto, consciente de la creciente importancia política de las minorías —y especialmente de los latinos y asiáticos— en el post mórtem que los republicanos realizaron después de su derrota en 2012, llegaron a la conclusión de que tenían que “ampliar su tienda” para no seguir perdiendo la Casa Blanca. Pero nadie le explicó esta estratégica a Trump quien abrió su precampaña fustigando a los inmigrantes y especialmente a los mexicanos.
Quinto, la hostilidad de Trump hacia los inmigrantes ha provocado una fuerte reacción en su contra entre ellos. Según un escenario publicado hace pocos días por Politico, un periódico serio estadounidense, Clinton obtendrá más del 90 por ciento del voto afrodescendiente, 75 por ciento de los asiáticos y 80 por ciento del voto latino.
Sexto, sus defensores afirman que Trump compensará por su desventaja con los inmigrantes despertando el avispero de votantes blancos “arrechos” por el rumbo que lleva el país. Estos votantes pondrán en juego a importantes estados demócratas como Nueva York y Pennsylvania.
Esta tesis no se fundamenta en números. Trump está posicionado para romper el récord de votantes en primarias republicanas. Pero su número de votos está muy por debajo del número obtenido por Clinton en las primarias demócratas. Y Clinton sacó más votos en ambos bastiones demócratas. En Nueva York, por ejemplo, obtuvo más de un millón de votos, el doble del número que sacó “el Donald” en su estado natal.
En resumen, el camino de Trump hacia la Casa Blanca es cuesta arriba. Pero nada está escrito en este año de sorpresas. Le daré la última palabra a John Boehner, el jubilado diputado republicano que hasta hace pocos meses era el presidente de la Cámara de Diputados del Congreso estadounidense. Recientemente declaró que “cualquiera que piense que Donald Trump no puede ganar, que solo espere”. Y añadió, “estoy feliz de no estar en ese caos”, refiriéndose a las elecciones.
El autor fue Embajador de Nicaragua en los Estados Unidos.