El 19 de abril comparecí en el programa Jaime Arellano en la Nación y abordé brevemente el desempeño de la economía nicaragüense en 2016. En este contexto opiné que este año tendríamos un crecimiento robusto. Pero añadí que veía nubarrones en 2017 y que no descartaba un problema con la sostenibilidad de nuestro ritmo de crecimiento después de ocho años consecutivos de crecimiento sólido. Concluí que teníamos que estar atentos para no caer en una “burbuja” en el mediano plazo.
Como el tema es importante, aprovecho este escrito para ampliar mi tesis y en qué sustento mi análisis.
Primero, considero que 2016 será bueno para la economía de Nicaragua. Según mi bolita de cristal, este año nuestra economía crecerá a un ritmo de aproximadamente 4.5 por ciento, uno de los más altos del subcontinente latinoamericano. En nuestro istmo, solo Panamá nos superará, en gran parte principalmente por su inversión en la ampliación del Canal.
Segundo, no solo baso mi pronóstico para 2016 en estadísticas del Banco Central o de las instituciones financieras internacionales. Estas reflejan una parte de la realidad objetiva de un país y esta visión es sin duda valiosa. Pero es incompleta. En 28 años de trabajar en el Banco Mundial aprendí que abstractos estadísticos no siempre aciertan, sobre todo en identificar futuras tendencias y su sostenibilidad. A como dijo Winston Churchill: “Es difícil predecir, sobre todo el futuro”. Por eso el buen economista tiene que corroborar estadísticas frías con observaciones oculares —los llamo así porque están a simple vista— para entender lo que está pasando y tener una idea de lo que el futuro traerá.
Tercero, en el programa de Jaime cité algunos indicadores no estadísticos que pudiesen apuntar a que en 2017 la economía pudiese entrar en lo que Allan Greenspan, expresidente del FED o banco central de Estados Unidos, describió como un período de “exuberancia irracional”, refiriéndose a los altos precios en la Bolsa para acciones en compañías de alta tecnología. Esta se llegó a conocer como la “burbuja de dot-com” en 2000-2001, y al reventarse esta burbuja sacudió a la economía norteamericana.
Cuarto, ¿cuáles son algunos de estos indicadores? Los cuellos de botella, por ejemplo, en las calles y carreteras de Managua, debido a un parque vehicular que ha aumentado rápidamente después de ventas récord en años recientes; plazas de compras, cines y restaurantes repletos de gente a pesar de una expansión sin precedentes de estos en los últimos años y con planes para aumentar sus números aún más y, finalmente, una amplia oferta de nuevas viviendas costosas —por encima de los US$100,000 por unidad— y un “boom” en la construcción de estas al igual que de edificios verticales, muchos de los cuales no se han vendido o alquilado juzgando por sus luces apagadas de noche. Tan es así que la construcción es un sector líder de nuestra economía.
En el programa del Canal 15 mostré un ejemplar de la Revista Cinematográfica para la semana del 14 de abril. Esta se ha prácticamente duplicado en tamaño en el último año debido a una explosión en anuncios promoviendo toda clase de productos y, en particular, de vivienda y autos nuevos. Para mí, esta revista es una herramienta útil —una suerte de termómetro— para medir el crecimiento febril que ciertos sectores de nuestra economía han estado teniendo.
Quinto, Jaime confirmó que él también había notado un incremento en la actividad económica, pero adelantó dos tesis para explicarlo: que este se podría atribuir a las remesas que recibimos y al blanqueo de dinero. No niego que las remesas sean importantes. Pero suplementan principalmente a los ingresos de la clase media y pobre nacional, no a los que compran viviendas caras y carros nuevos. Y en cuanto al lavado de dinero, no creo que Nicaragua sea un paraíso fiscal como, por ejemplo, Panamá o algunas islas caribeñas. Más bien la existencia de una Unidad de Análisis
Financiera beligerante en nuestro país y los múltiples requerimientos que nuestros bancos han establecido para “conocer mejor” a sus clientes militan en contra de que nos hayamos convertido en un centro de lavado de dinero.
Sexto, entonces, ¿por qué mi inquietud si mis indicadores “oculares” apuntan hacia un crecimiento tan o más rápido que en 2016? Es sencillo. Me preocupo porque no veo que estos indicadores se basan en un aparato productivo que esté creciendo al mismo ritmo que, por ejemplo, la construcción. Me preocupo porque todavía creo que economías periódicamente crecen y se contractan cíclicamente aun cuando son bien manejadas. Me preocupo porque he visto “burbujas” en países tan diversos como México (1982), Chile (1983), Argentina (2002), Estados Unidos (1929 y 2007), China (en curso) y Nicaragua. ¿Recuerdan los problemas bancarios que engendraron los Cenis? Y me preocupo porque leo en el último informe Artículo IV del Fondo Monetario que el crédito del sector financiero está creciendo a un ritmo muy por encima del crecimiento de los depósitos que los bancos captan y el crecimiento económico.
En honor a la verdad, según cifras oficiales, nuestro Sistema Financiero está sólido. Las carteras en mora de nuestros bancos, por ejemplo, son bajas. Pero mi olfato me hace pensar que podríamos estar entrando en una fase de “exuberancia irracional” que podría desembocar en una burbuja. De cara a esta eventualidad hay que estar ojo al Cristo para evitar que estemos incubando una nueva burbuja económica.
Para concluir, burbujas se parecen a tsunamis. Son invisibles hasta que es demasiado tarde. Y sus efectos pueden ser devastadores. Por ende, parafraseando el mismo consejo que el Fondo Monetario ofreció recientemente para valorar a la economía mundial, no estoy afirmando categóricamente que estamos en la antesala de una burbuja económica, no estamos en crisis. Tampoco debemos estar en estado de alarma. Pero sí conviene que estemos en estado de alerta.
El autor fue director en el Banco Mundial y presidente de la Comisión Económica de la Asamblea Nacional.