Nuestros gobernantes, y los políticos que quieren ser gobernantes, se derriten en argumentos para mostrar que Nicaragua crece económicamente, y que el modelo económico del país es exitoso.
Todos los días hacen esfuerzos con argumentos apreciativos y con fríos indicadores que esta economía aumenta mucho más que otras economías, inclusive, se refieren a las más serias y grandes del continente americano, y más allá. Lo que observamos es que hay dos Nicaragua.
Una, la Nicaragua que vive del ahorro externo, con las remesas familiares; los préstamos concesionales y/o comerciales con años de gracia; del endeudamiento externo, y que no crece, solamente vive el día a día. Esa Nicaragua que vende y revende bienes que no se producen en el territorio nacional, que solamente opera en la esfera de la circulación y tiene ganancias de remanentes, pero, no crece, no crea valor, paga impuestos de forma desmedida y repetitiva. Esta Nicaragua, no produce, no hace crecer el capital, solo consume y le gusta vivir de la caridad política, de las regalías, mas no del trabajo, menos de la producción de bienes y servicios. Esta Nicaragua trabaja noventa días al año y de forma poco efectiva, el resto de los días del año (275) los invierte en fechas tradicionales y folclóricas. Es decir, pierde el tiempo disponible para trabajar. Y, para colmo consume 7.5 millones de teléfonos celulares, y en la mayoría de los usuarios no tienen cosa importante que comunicar.
La otra Nicaragua es aquella que maneja los recursos financieros, mas no los económicos, que vive de la renta del capital que se mueve e ingresa al país por varios conceptos. Esta Nicaragua vive de las apariencias, tiene ganancias exageradas, muy altas y derrocha estas ganancias, fondea el capital que llega al país, pero, tampoco crece de forma sostenible. Vive de la especulación y del monopolio. Esta otra Nicaragua, con un pequeño sector es la que mueve los indicadores de crecimiento, pero el país no crece. Esta Nicaragua cree tener ciudadanos de país industrializado, aunque sabe que son agrícolas y pecuarios fundamentalmente. La pregunta obligada es ¿cuánto le durará esta forma de ganancias incrementales a los mercaderes de capital en Nicaragua?
Evidentemente ante este panorama desigual, hay que preocuparse. Ningún capital estará seguro, ni con tendencias al crecimiento sostenible cuando está rodeado de pobreza, de ausencia de productividad, sin educación, sin capital de trabajo, y con el hábito de ganarse su consumo diario de forma rápida y constantemente ilegal. Esa es la segunda Nicaragua, sin cultura del trabajo, con la mirada incierta por la ignorancia social, política, económica, y bajo un modelo económico caótico y atrasado, sin ninguna idea de modernidad, con una guía monocultivista y extractivista de los recursos naturales y del ambiente. Este modelo está en el pensamiento y en la acción de producción nicaragüense.
El capital nicaragüense debe, urgentemente, promover que la Nicaragua empobrecida se desarrolle, crezca, pague impuestos, tenga conciencia ciudadana, reciba educación, que conozca sus derechos, con anhelos para transformar su realidad material, con una visión de emprendimientos, que rechace las dádivas, el empobrecimiento, la mendicidad, que esté informada, y por lo tanto que produzca y crezca sosteniblemente. Además, el capital nicaragüense debe buscar un cambio sostenible en la otra Nicaragua porque su capital está amenazado si las condiciones de las relaciones sociales de producción siguen iguales a este momento. Hay dos amenazas, la primera es que no hay consumidores capaces de consumir lo que vende y comercia; la otra, es que la pobreza desigual lleva al incremento de la violencia y de la deshonestidad con respecto a la propiedad privada. El capital está en peligro.
El autor es Sociólogo e Investigador Social [email protected]