Cuando meditamos sobre la forma en la que Jesús desarrolló su visión de salvación, nos damos cuenta que se rodeó de personas con diferentes perfiles. Sus discípulos no eran intelectuales con grandes capacidades de predicación, mucho menos de conocimientos en la ley judaica. Eso llama mucho la atención, porque vemos en los evangelios que eran personas sencillas, con diferentes pensamientos y grandes debilidades.
¿Qué hizo a estos hombres trascender más allá de su época? Si ellos no eran perfectos y cometieron grandes equivocaciones. Pedro, por ejemplo, por temor a ser apresado niega conocer a Jesús; Felipe, en un momento de confusión y por su debilidad en la fe, le pide al Maestro que le muestre al Padre; Tomás, después de la crucifixión se decepciona por la muerte de Cristo y se aleja de los discípulos, al punto que no estuvo presente cuando Jesús, una vez resucitado, fue al encuentro de sus amigos.
En el fondo de sus corazones sabían que solo la presencia de Jesús en sus vidas podía darles seguridad. Pedro, en cierta ocasión le dice al Maestro: “… Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Aún sabiendo que Jesús les daba esperanza, podemos verlos con comportamientos inmaduros en la fe.
No obstante, hay un momento donde el Pedro tímido, el Felipe confuso o el Tomás incrédulo no tienen más que reconocer y postrarse ante Jesús resucitado, porque fue su victoria sobre el sepulcro lo que sobrepasó las expectativas de sus seguidores. Su maestro había fallecido, para ellos todo había terminado, pero la resurrección los libraba de todo temor o duda, porque si Cristo venció la muerte, ¿a qué podrían temerle? Incluso, ya no había cabida para la duda.
Es la resurrección de Jesucristo lo que hizo que estos hombres transcendieran más allá de su época. Es la victoria sobre la muerte, lo que fortalece a aquella primera comunidad cristiana, al punto, que perseveran y permanecen juntos hasta que descendió sobre ellos la presencia viva del Espíritu Santo.
Gracias a la resurrección, nació en los discípulos la oportunidad para tener una nueva vida bajo el señorío de Jesús, la esperanza de dejar todo lo pasado y tener un nuevo comienzo, que marcara para bien y para siempre el rumbo de sus vidas y la de sus nuevas generaciones. Aquellos hombres tímidos, por el poder de la resurrección y la presencia del espíritu santo, se convirtieron en valientes predicadores y practicantes de las enseñanzas de Jesús, fueron hombres de fe, que se apegaron a su convicción en la resurrección de Cristo.
Igual que los discípulos, los creyentes actuales podemos tener tropiezos, debilidades o temores, pero cuando consideramos la resurrección como el acontecimiento que se hace vivo en nuestras vidas, Jesucristo nos hace renacer a una nueva vida en Él; y como los discípulos, podemos dejar a un lado nuestras debilidades y temores para convertirnos en más que vencedores en Cristo Jesús. Si ni la muerte pudo detener el triunfo de Jesús, con Él tenemos la esperanza de una mejor vida aquí en la tierra y la seguridad de la vida eterna después de la muerte.
La vida con Cristo es hermosa y plena. Su victoria sobre el sepulcro nos demuestra que todo lo podemos en Él que es nuestra fortaleza. El Señor es nuestra luz y salvación, ¿A quién temer?, ¿Por qué buscar vida o seguridad en otro? Cuando el mismo Jesús aseguró: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá…”
El autor es residente de la Asociación Cristiana Jesús está Vivo.
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