Ruego a una virgen

No admiraba el esplendor del mundo, ni veía sus miserias. Pero la ceguedad no era su condena. Recibió mucho amor. Los suyos se lo dieron y ella, entre los fieles, lo prodigó y predicó. Cadenciosa fue su voz. Cristo: el centro de su vida y pensamiento.

No admiraba el esplendor del mundo, ni veía sus miserias. Pero la ceguedad no era su condena. Recibió mucho amor. Los suyos se lo dieron y ella, entre los fieles, lo prodigó y predicó. Cadenciosa fue su voz. Cristo: el centro de su vida y pensamiento. Hablo del fondo transparente de un alma pura, hija de matrimonio amigo: María del Carmen Cuadra Estupiñán. Que desde su celeste morada pida por nosotros: mortales atemorizados, aterrorizados por la inevitable ceniza en que nos convertiremos. Se lo ruego.

Última hora prosemas archivo

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí