ELECCIONES
Esta opereta de las elecciones ya me la sé de memoria. Primero, que van a luchar por los espacios, que “con una montaña de votos” Ortega no podrá hacer fraude, luego que hubo “la montaña de votos” pero Ortega, bandidito que es, les volvió a dar vuelta y se robó las elecciones, que están enojadísimos, pero que agarrarán los cargos que les quisieron dar porque hay que hacer la batalla desde el parlamento y las alcaldías y que iban a luchar porque en el 2016 hubiesen elecciones de verdad, y que si no había condiciones ni sentido tenía participar, pero como no hubo ni una señal de cambio, comienza el cuento otra vez de “la montaña de votos”, y que ahora sí Ortega no les da vuelta, y ahí van de nuevo los mismos actores de ayer siguiendo el mismo guión de siempre. Triste.
LOCURA
¿Qué puede resultar de unas elecciones donde va Daniel Ortega como candidato a presidente del Frente Sandinista versus Fabio Gadea, candidato opositor, y Roberto Rivas contado los votos? ¿No es una película repetida esta? ¿A alguien se le ocurre una imagen diferente a la de Rivas anunciando el ganador en la madrugada con su sonrisa malévola de siempre, y sin presentar cuentas que expliquen esos resultados, a un Ortega celebrando y a un Gadea alegando fraude? Albert Einstein es el que dicen que dijo: “Locura es hacer lo mismo una vez tras otra, y esperar resultados diferentes”.
LOBO SOLITARIO
Si alguna novedad tiene este año es que Daniel Ortega está quedando como lobo solitario, fuera de contexto, soltando, muy de madrugada en cuando, aullidos lastimeros. Ya no se pasea amenazante por los foros internacionales junto a la manada bolivariana. Ya no está Hugo Chávez, tampoco Cristina Kirchner, se fue Miguel Insulza de la OEA, Evo Morales va de viaje, Lula da Silva está bajo investigación por corrupción, Venezuela huele a Maduro frito y, sobre todo, ya no están llegando los petrodólares. La crisis va a llegar a Nicaragua y no veo a una oposición política que se presente como alternativa. Veo, más bien, a una oposición acomodada, esperando que el régimen se caiga solo, y que caiga cerca de donde están echados, por favor, para evitar la fatiga al recogerlo.
POPULISMO
La primera dolencia de un gobierno populista cuando se le acaba el dinero de los otros, es que ya no tiene mucho que repartir. Si dar es su vida, dejar de dar es su muerte. La gran masa de simpatizantes se mantiene unida por las prebendas que pueda agarrar siguiendo al “líder”. Por eso es que los líderes populistas cuidan de convertir todo en prebendas: los puestos de trabajo, los planes de vivienda, la salud, las purísimas, las mejoras viales, los centros turísticos, todo es… “gracias al comandante Daniel Ortega y a la compañera Rosario Murillo”. Y cuando se va acabado el dinero comienzan a repartir cosas tan raras como liberaciones de condenas, para ganar tiempo porque dejar de dar, ya lo dijimos, es la muerte de estos gobiernos.
IMPLOSIÓN
El verdadero peligro para estos regímenes es la implosión. Cuando la masa de adeptos –que se han mantenido activos defendiéndolo o pasivos dejándolo hacer su gusto– deja de recibir los beneficios que se ha acostumbrado a recibir, viene la inconformidad por aquello de que “si usted le da algo a alguien todos los días, el día que deje de darlo el malo será usted”. Los votos que consiguió la oposición venezolana, por ejemplo, no hubiesen sido posibles sin la inconformidad de antiguos chavistas e, inclusive, chavistas aún.
PALO Y CÁRCEL
Pero, no vayamos a pecar de ingenuos tampoco. Daniel Ortega se preparó con tiempo para este escenario. Por ello, por un lado, no está dispuesto a soltar nada del tribunal electoral que siempre le dará la victoria en los números que le convengan, y por el otro, se le vio en un esfuerzo sostenido para hacerse del control personal del Ejército y la Policía, y dotar al Estado de leyes que otorguen alguna justificación legal a la represión con se atacaría ese descontento. Su proyecto político es simple: ganar a como sea, y al que no le guste, palo y cárcel. Y ese es un modelo de gobierno que, independientemente que seamos sandinistas, liberales, conservadores o de ninguna etiqueta política, no debemos aceptar. Mucha sangre ha corrido ya por eso.