La política exterior en boca de los candidatos a la Casa Blanca es muy diferente a la del presidente de los Estados Unidos (EE.UU.). La experiencia me dice que independientemente de que el inquilino de la más célebre residencia de Washington sea demócrata o republicano, los que realmente deciden sobre este tema, en función de sus altísimos intereses, es el “establishment” o sea la verdadera élite de poder que desde la industria bélica, la burocracia de alas y estrellas del Pentágono, la CIA desde el pedestal de la conspiración, el FBI como llave maestra de la seguridad nacional, la presidencia del Congreso y de algunas de sus comisiones, son los que verdaderamente toman la última palabra más allá de las fronteras del imperio.
Hoy por hoy el saliente Barack Obama, sabiendo que lucha contra el reloj, no solo dio pasos firmes hacia el restablecimiento pleno de las relaciones diplomáticas y comerciales con Cuba, después de cincuenta años de inefectivo bloqueo, sino que ahora prepara un viaje a la Habana, inconcebible para el “establishment” porque en la isla, aún en posesión de los Castro, se oficializará el inicio del proceso por el cual se devolvería la base militar norteamericana de Guantánamo.
Sobre este tema el “establishment” convulsiona y no tiene más que aceptarlo porque el mundo entero, expresándose en las naciones unidas, considera agotado este tema porque está plenamente probado que EE.UU. lo único que logró fue pauperizar a los cubanos a través de una política ventajosa del más grande contra el más chico solo para auto humillarse y terminar solo en sus pretensiones neo colonialistas. Pero eso ya es historia pues todo indica que la normalidad vuelve entre Washington y la Habana.
Hoy sin embargo el tema por el cual el “establishment” debería estar preocupado es por la amenaza cierta de que un anormal como Trump llegue a la Casa Blanca. Cuando uno está frente al televisor y aparece en escena este ácido personaje nos revive en la mente patéticos fascistas por cuya demencia murieron millones de seres humanos en la segunda guerra mundial.
Muchos al comienzo lo tomaban en broma suponiendo que los norteamericanos se avergonzarían por su verborrea. Sin embargo, no ha sido así. Por el contrario la altanería, la violencia del tipo encanta a los anglosajones y hasta el Ku Klux Klan de supuesta existencia clandestina se atrevió a salir públicamente para endosarlo como candidato porque se lanzó contra los latinos, contra la Iglesia, contra el papa, contra el libre comercio y en beneficio de armar más su ejército para recuperar, dice él, el poder perdido de los EE.UU.
Por muchísimo menos que las demencias expresadas por este candidato republicano, de pelo raro y lengua kilométrica, un presidente de los EE.UU., John Fitzgerald Kennedy, fue mandado a asesinar en un contexto donde la plataforma de política exterior se basaba en un solo eje “la guerra fría”. Hoy sin embargo la realidad es la de un mundo globalizado donde las ideologías —ya casi invisibles— lo único que identifican son amenazas comunes como el ISIS, el cambio climático, la economía planetaria y ahora Trump.
No son pocos los que afligidos por este raro fenómeno, seguramente producto de los invertidos valores de la sociedad norteamericana, hablan de que el anticristo ya hizo su aparición y que lo encarna Trump. Para esto último no tengo respuesta porque entramos ya a otra materia pero de que Donald Trump me da mala impresión, que casi lo veo lamiendo la sangre de los emigrantes, echando fuego por los ojos y hasta transpirando azufre por cada uno de sus poros póngale sello que es verdad.
El autor es periodista.