El polémico filósofo francés Michel Onfray defiende la filosofía popular y el regreso a la sabiduría real en «Cosmos», primer volumen de la trilogía «Breve enciclopedia del mundo».
La obra, publicada en español por Paidós, se presentó en el marco de «La noche de la Filosofía» organizada por el Instituto Francés de Madrid, en la que participará hoy el filósofo autor de más de cincuenta libros que giran alrededor del hedonismo, el ateísmo y la construcción de uno mismo.
Onfray, como ha hecho en otras de sus obras, considera que la filosofía popular «es algo siempre bueno» y que hay que abordar sus temas concretos «desde una perspectiva atea»
Las casi 500 páginas del libro tienen su punto de partida en la muerte del padre de Onfray «a los 84 años, de pie, dándome el regalo de morir en mis brazos y bajo un cielo cubierto en el que no se podían ver las estrellas».
Unas estrellas cuyo conocimiento es una de las herencias que le dejó su padre. «No me dejo dinero, unos 50 euros, pero si me transmitió cosas, pocas, pero esenciales. Me dio una lección filosófica popular sin haber leído a un solo filósofo».
Miche Onfray comentó que una de las recomendaciones de su padre fue la enseñanza que propone la estrella Polar -«levantarse pronto, acostarse tarde y no perder el sitio»- y recordó que en la noche que murió iban andando desde su casa a la de su padre y tenían que pasar por un cementerio que estaba junto a una iglesia.
«Allí se paró, me dijo; me tengo que sonar. Yo mire el cielo y le comenté que esa noche no veríamos la Estrella Polar, él me dijo que sí y murió. Sentí una transmisión, pensé que me estaba dando algo considerable y con este libro he querido honrar esa herencia, que se basa en poca cantidad y mucha calidad. La auténtica sabiduría es una práctica, no son palabras».
El escritor francés quiso ir en busca de esa filosofía popular. «Por ello hablo de cosas tan diferentes en el libro. Son mil cosas que hacen que se parezca a una enciclopedia» cuyos próximos títulos serán «Decadencia», «Sabiduría» «y quizá haya un cuarto titulado Política».
Onfray defendió que tiene que haber «un espíritu del tiempo», así como la existencia de «un origen de los orígenes» y «un sentido del cosmos», y lamentó el hecho de que «nos estamos separando del mundo y hemos perdido el sentido del cosmos».
De ascendencia española por parte de su madre, que nació de la relación de su abuela con un masón español, considera también que buscar sentido al mundo «es una semiótica muy interesante. El mundo existe como un conjunto de signos y Cosmos es una semiología del mundo».
Un mundo en el que el pueblo «se ha convertido en populacho. Hoy en día está embrutecido por la televisión» ante la que se sientan «sin reflexionar y pensando que eso es la realidad». Este hecho le llevó a fundar la Universidad Popular, en la que enseña «la contrahistoria de la filosofía».
Onfray, para quien «la filosofía no siempre es subversiva y no todas las filosofías son buenas» propone contemplar el mundo, recuperar las intuiciones fundadoras del tiempo, de la vida, de la naturaleza, comprender sus misterios y las lecciones que nos proporciona, frente al conformismo y el dogmatismo que genera el conservadurismo social.
En uno de los capítulos de «Cosmos», el dedicado a «La cena del arte contemporáneo», el filósofo defiende la permanencia del judeocristianismo en el arte después de Duchamp, «incluso en el de Duchamp mismo».
El triunfo de la instalación, la aparición de la performance, el tratamiento de la carne en el accionismo vienés o en el body art, los supuestos ontológicos del arte minimal o el arte conceptual, los trabajos de algunos artistas sobre la impronta del cuerpo, inscriben su trabajo, queramos o no, «en una perspectiva judeocristiana».