Fernando Bárcenas

Rubén Darío artista excelso

Rubén Darío es, sin duda, el más importante poeta de Hispanoamérica de todos los tiempos. Más que Neruda seguramente, por el arte escrupuloso de esculpir, con calidad, versos sonoros de extraordinaria belleza. El centenario de su muerte, el pasado 6 de febrero, ha servido de pretexto para recordar su obra literaria, en un mar de confusión, sin embargo. Desconcierto propio de un país que no tiene otra figura universal entre sus ciudadanos, y que se vuelca, por ello, sobre el poeta, más emotivamente que con la capacidad metódica de la crítica literaria, formada científicamente, como merecería el trabajo de este artista sorprendente, maestro incomparable del ritmo y de la musicalidad canora de los versos. ¡Es un placer primitivo recitarle, y sentir dentro del paladar el choque de pedernales en la lengua, con cadencia de tambores y rumores de mar y de selva!

Su prosa lleva, también, ese ritmo interior, y esa chispa de imaginación creativa de una mente poética. En esta fecha conmemorativa, habría que recopilar la evaluación que sus pares, los poetas creativos de ambas partes del Atlántico, hacen de su genio literario. Habría que distribuir en los colegios, como un manjar exquisito en el recreo, la suerte de toreo al alimón de Neruda y García Lorca, en honor a Rubén Darío, al poeta de América y de España, como le llamó Lorca:

Lorca: “Nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido. Rubén Darío duerme en su ‘Nicaragua natal’ bajo su espantoso león de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas”.

Neruda: “Un león de botica, a él, fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas”.

Lorca: “Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños… Enseñó a Valle Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma… No había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío… Darío paseó la tierra de España como su propia tierra”.

Neruda: “Hagamos esta noche su estatua con el aire, atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias, y por la vida, como esta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos”.

Lorca: “Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral, agitado por la marea”.

Neruda: “Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros… Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso”.

La forma en que Nicaragua le rinde homenaje a este artista de dimensión cultural internacional, revela el abismo que separa la obra cimera del poeta, de la cultura provincial y cursi que prevalece en la nación que le ha visto nacer, y que no tiene mérito alguno en el desarrollo artístico de este hombre de letras de la lengua castellana (como se llamaba a sí mismo).

El gobierno de Ortega pretende, provincialmente, que Darío, por la proyección internacional de su obra literaria, ha aportado nuevo valor a la nacionalidad nicaragüense. Y dispone, fuera de mesura, proclamarle héroe, como si con su proyección literaria Darío hubiese luchado ejemplarmente para afirmar a la nación, frente a fuerzas adversas.

Algunos profesores de literatura, por su parte, fatigan infructuosamente en presentar a Darío como un pensador político progresista. Le consideran —a vuelo de pájaro— un liberal combativo que acoge las ideas de la ilustración. Ernesto Cardenal, durante los años ochenta, insistió voluntariosamente en proclamar antiimperialista a Darío, precursor, incluso, de la revolución sandinista.

Una profesora de semiología cita, con entusiasmo ridículo, que para Darío el marxismo sería una peste, y afirma que se debe leer a Darío como pensador político.

Ciertamente, Darío introdujo un gusto estético en sus observaciones políticas, que le hacían incoherente. Sostenía, aquí y allá, opiniones progresistas, pero, teórica y estratégicamente, era un artista reaccionario. Es, por tanto, como ilustre hombre de letras que se le debe estudiar, sin diseccionar sus limitaciones políticas o filosóficas.

El autor es ingeniero eléctrico.

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