El verdadero amor a Dios se expresa en una relación personal y comprometida. Esto es algo difícil de entender para el hombre actual, porque la sociedad moderna nos ofrece pocos ejemplos de relaciones personales basadas en un compromiso. El ejemplo más común sería el matrimonio. Imagínense si el amor de la pareja dependiera solo de las emociones, entonces este amor variaría constantemente. Para que el amor permanezca, el matrimonio debe estar basado en algo más firme. Y aunque es verdad que la pareja no puede ver su matrimonio solo como una serie de normas y responsabilidades, la relación debe abarcar todos los aspectos de la vida, y lo que debe caracterizar al amor que los une es el compromiso que se hicieron ante Dios
Del mismo modo, la relación con Dios debe emanar de un compromiso de amor. Es una decisión, una respuesta de unirse a Dios, incluyendo las emociones humanas, pero sin depender de ellas. Es algo que envuelve toda la persona en una unión total.
El error está en creer que el amor a Dios es un asunto puramente emocional. El primer Mandamiento dice: “Ama al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Pero para el hombre moderno el corazón es visto como la sede de sus emociones. En el corazón suponen estar nuestros sentimientos y afectos. Pero esto es un elemento puramente cultural. Como identificamos la palabra corazón con emociones, cuando pensamos en el primer Mandamiento lo interpretamos como una obligación a “sentir” algo por Dios. Y cuando esto no sucede, nos sentimos culpables. Llegamos a la conclusión que no queremos a Dios con todo nuestro corazón. En la Biblia sin embargo, el corazón no es la sede de las emociones, sino la sede de las decisiones fundamentales que orientan nuestra vida. Algo que trasciende las emociones.
Pero la relación de un cristiano con Dios difiere de la relación entre esposo y esposa en un aspecto muy importante: La persona con la que nos unimos es el Creador y dueño del universo. Dios y el hombre no están unidos como dos iguales, ¡hay una diferencia infinita!… Nuestra contraparte es nada menos que el Dios de grandeza, de poder, de gloria y santidad, aunque no se impone, no presiona, sino que nos da libertad para responder.
Pero entonces, ¿cómo puedo yo, en mi debilidad, amar a Dios como Él se merece?
Debemos entender que un cristiano no aprende a amar a Dios en un día, o en un curso de iniciación, o de crecimiento. Crecer en el amor a Dios es un proceso que abarca toda la vida. Dios es paciente y quiere que seamos pacientes con nosotros mismos. Es más, les digo que un cristiano jamás podrá crecer en el amor a Dios solo por su propio esfuerzo. Aunque amar a Dios requiere inicialmente de nuestro esfuerzo y decisión, el crecimiento de ese amor depende fundamentalmente de nuestra apertura a la acción del Espíritu de Dios que habita en nosotros. Si intentamos vivir el amor a Dios por nuestras propias fuerzas, vamos a impacientarnos, a desalentarnos, y finalmente nos vamos a frustrar. Debemos creer primero que el Espíritu Santo vive en nosotros y está activamente transformando nuestras vidas, y luego aprender a abrirnos y descansar diariamente en su poder. Esa es la única manera de crecer en el amor a Dios. El Señor está esperando de todas sus criaturas que se abran a su amor. Él está esperándonos con los brazos abiertos. Depende de nuestra decisión.
EL AUTOR ES COORDINADOR DE LA CIUDAD DE DIOS.