Nos introducimos a un año de significados y consecuencias extraordinarias para Nicaragua. Así las cosas empezamos a surfear en aguas profundamente electorales que para el alto interés de la nación deben tener por corriente una justa donde los resultados sean transparentes, verificables y observados a fin de legitimar en toda su expresión el quinquenio de gobierno que deberá conducir al país a partir del 2017.
Deducir quién es el dueño de las ventajas sale sobrando. Las encuestas y voces certificadas apuestan y por mucho que el FSLN es ya un ganador y que lo único que atrasa es el día de las elecciones. Esa es una asfixiante realidad política para una oposición que pese a su anémico ejercicio debe concurrir e involucrarse en el proceso para evitar desaparecer y hacer más difícil remontar la escarpada hacia el relevo como consecuencia natural de los desgastes del poder.
Nicaragua demanda de las mayorías y las minorías un espíritu respetuoso en la administración de sus porciones. Ni la mayoría debe avasallar ni la minoría debe desconocer el veredicto del pueblo como juez inequívoco y para eso hay que convenir que los gobernantes deben dar un paso al frente para desarmar la retórica del fraude y así dar paso a la legitimidad absoluta de un proyecto, que basado en el resultado pleno de la democracia, sostenga los beneficios económicos y sociales.
Está claro que la responsabilidad en la creación de espacios para hacer justas las elecciones recae en el gobierno pero también la oposición está obligada a reinventarse para ser una alternativa que represente un contrapeso al poder constituido y eso francamente no aparece en el radar. Por el contrario los diferentes archipiélagos que dicen adversar al FSLN se distancian más; tienen miedo de escoger candidatos; no descifran su fuente de financiamiento; no perfilan una propuesta de gobierno; no cuentan con aliados visibles en el mundo libre que los avale e internamente están lejos de un acercamiento con dos factores sustanciales en todo proceso electoral como son los empresarios y los trabajadores.
Lo peor es que esto no es nuevo. Desde el 2007 que Daniel Ortega retomó el poder hasta nuestros días la historia es la misma y lo único que les ha quedado es repetir que la dictadura, que el fraude, que la observación, que los miércoles de rotonda o cualquier otro estribillo pero nada que tenga que ver la organización de sus filas, con la búsqueda de recursos humanos para capacitar fiscales, de ambientar espacios de unidad o al menos el respeto mínimo entre ellos mismos.
El FSLN en el poder está tan sólido que se da el lujo de no mencionar para nada a sus adversarios porque estos tienen una capacidad increíble de auto destrucción. Decir esto es exponerme a los epítetos por ser yo quien lo haga. Sin embargo, a estas alturas ya eso no tiene importancia, porque entonces también están expuestos los resultados que abrumadoramente benefician al partido de las cuatro letras para las próximas elecciones.
La llamada oposición tiene en su contra el tiempo y su mayor reto es convencer a su pírrico electorado que tiene algo que ofrecer que sea mejor a la actual propuesta de gobierno y eso implica un discurso que asegure con hechos que la utilidad del voto está de su lado. Por ahora sin embargo una economía en crecimiento, un empresariado contento, una clase trabajadora estable y un país bien posesionado internacionalmente con ambiciosos proyectos en su agenda parecen ser muros infranqueables difíciles de escalar en un país donde las tormentas políticas aisladas o creadas no parecen tener el peso determinante para eclipsar la voluntad de avanzar por encima de las controversias.
El autor es periodista.