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En Nicaragua se habla cada vez más de transición política. Se habla de democracia, elecciones, reconstrucción institucional y salida de la dictadura. Pero detrás de muchos de esos discursos existe una realidad que resulta imposible ignorar: mientras el pueblo sigue esperando libertad, algunos sectores de la oposición parecen estar más preocupados por decidir quién ocupará la silla presidencial cuando Ortega se vaya.
Y ahí aparece una frase popular que resume crudamente esta disputa: «Quítate tú pa’ ponerme yo». Al puro estribillo de reguetón.
Una transición democrática no consiste simplemente en cambiar al gobernante. Significa transformar las reglas, las instituciones y las estructuras que permitieron que el poder terminara concentrado en una familia. Si únicamente sustituimos a Ortega por otro grupo político, pero conservamos el centralismo, el presidencialismo excesivo, la corrupción, la concentración institucional y la exclusión de los territorios, entonces no habremos construido una nueva Nicaragua.
Habremos cambiado de administrador, pero no de sistema.
La propuesta presentada en agosto de 2026 bajo el título Nicaragua: Transición Ordenada desde la Dictadura hacia la Democracia, plantea un proceso de 24 meses, la salida de Daniel Ortega y Rosario Murillo, una Junta de Transición Nacional con amplias facultades, modificaciones constitucionales y elecciones generales hacia el final del proceso. Pero existe una pregunta que ningún documento puede esconder: ¿Cómo llegamos al día después?
Un plan que explica qué hacer después de la caída del régimen, pero que no establece con claridad cómo se producirá esa caída, corre el riesgo de convertirse en una hermosa arquitectura construida sobre el aire.
Ortega no abandonará el poder porque la oposición redacte un documento. La dictadura no caerá porque se anuncie una junta. Y el aparato represivo no desaparecerá porque se convoquen elecciones. El problema de Nicaragua no se resuelve con planes de escritorio. Se resuelve construyendo fuerza política nacional.
Estados Unidos: un aliado, no un sustituto de la soberanía nicaragüense
Hablar de Estados Unidos exige también responsabilidad y respeto. Estados Unidos ha sido, durante décadas, un actor fundamental en la historia política del continente y una potencia con enorme capacidad para influir en los procesos internacionales.
Para Nicaragua, su posición diplomática, económica y política puede ser determinante en cualquier escenario de transición. Por eso sería absurdo plantear una política de confrontación con Washington.
Nicaragua necesita amigos, aliados y socios internacionales. Y Estados Unidos puede ser uno de los más importantes. Pero precisamente porque reconocemos su peso y respetamos su influencia, debemos ser claros respecto a la naturaleza de esa relación.
Una cosa es solicitar el respaldo de Estados Unidos para defender la democracia nicaragüense. Otra muy diferente es pretender que Estados Unidos tenga que convertirse en el arquitecto de nuestra transición. Una cosa es pedir apoyo diplomático, económico y político. Otra es entregar a una potencia extranjera la responsabilidad que corresponde principalmente a los propios nicaragüenses.
El respeto hacia Estados Unidos no exige renunciar a la soberanía de Nicaragua. Al contrario: una relación madura entre dos naciones debe construirse sobre la cooperación, el respeto mutuo y la defensa de intereses compartidos.
Nicaragua puede decirle a Washington: «Necesitamos su apoyo, pero necesitamos también conservar nuestra responsabilidad histórica de construir nuestra propia República». Ese debería ser el espíritu de cualquier relación futura.
Estados Unidos puede ayudarnos a abrir puertas internacionales, respaldar instituciones democráticas, presionar diplomáticamente al régimen, apoyar una reconstrucción económica y acompañar una transición pacífica. Pero ninguna potencia extranjera puede sustituir al pueblo nicaragüense.
La democracia nicaragüense debe ser respaldada por el mundo, pero construida por Nicaragua. Y precisamente por respeto a Estados Unidos, no debemos pedirle que haga lo que corresponde hacer a los nicaragüenses.
La silla todavía está ocupada
Resulta todavía más preocupante observar cómo algunos sectores ya discuten liderazgos, candidaturas y posiciones de poder mientras el régimen continúa controlando las estructuras fundamentales del Estado.
Esto parece una carrera presidencial anticipada. Unos quieren encabezar la transición. Otros quieren controlar la futura administración. Otros ya imaginan candidaturas. Y mientras tanto, la pregunta fundamental continúa sin respuesta: ¿Quién está organizando al pueblo para conquistar la libertad?
Porque gobernar todavía no es el problema. El problema es liberar, reconstruir y transformar. El pueblo nicaragüense no necesita dirigentes que estén haciendo campaña para una elección que todavía no existe. Necesita estadistas capaces de pensar en una república que sobreviva a sus propios gobernantes.
Y aquí entra la Moskitia
Desde la perspectiva de la Moskitia, existe una contradicción todavía más profunda. La oposición habla de una nueva Nicaragua, pero muchas veces continúa pensando Nicaragua desde Managua. Ese es precisamente el viejo problema.
Durante décadas, la Costa Caribe ha sido tratada como periferia, como territorio de extracción, como reserva electoral y como región a la que se le promete autonomía mientras las decisiones fundamentales continúan tomándose desde el Pacífico. Ahora algunos pretenden construir una nueva Nicaragua repitiendo exactamente ese patrón.
No. La Moskitia no es un pie de página de Nicaragua. No somos una nota al final de un programa de gobierno. No somos únicamente votos. No somos una región que deba ser recordada cuando llegue una campaña electoral. Somos pueblos con historia, identidad, territorio, cultura y derechos.
Por eso cualquier transición que se diseñe sin la participación real de la Costa Caribe nace incompleta. No queremos que después de la caída del régimen nos llamen para repartir cargos. No queremos ministerios para comprar silencios. No queremos fotografías de unidad mientras otros deciden nuestro futuro. Queremos participar en la construcción del nuevo modelo de Estado desde el principio. Queremos discutir autonomía real. Queremos discutir descentralización. Queremos discutir protección territorial. Queremos discutir recursos naturales. Queremos discutir representación política. Queremos discutir justicia y seguridad. Queremos discutir qué significa realmente ser ciudadanos dentro de una República donde históricamente Managua ha decidido demasiado sobre territorios que conoce demasiado poco. No queremos una nueva dictadura con discurso democrático.
Una Junta de Transición con amplias facultades debe ser observada con enorme cautela. La Moskitia de Nicaragua ya conoce demasiado bien lo que ocurre cuando el poder se concentra. No importa si quien concentra ese poder se llama revolucionario, liberal, conservador, opositor o demócrata. El poder sin controles termina buscando convertirse en dueño de la nación.
Por eso la transición debe servir para desmontar la cultura política de la concentración, no para reproducirla con nuevos protagonistas. La nueva Nicaragua no puede construirse alrededor de otro caudillo. Debe construirse alrededor de instituciones. Y esas instituciones deben reconocer algo que Managua ha tardado demasiado en aceptar: Nicaragua no termina en el Pacífico.
A la oposición: dejen de repartirse el país que todavía no han liberado. Este es el momento de hablar sin rodeos. Dejen de repartirse ministerios imaginarios. Dejen de fabricar presidentes antes de tener ciudadanos libres. Dejen de confundir reconocimiento internacional con legitimidad popular. Dejen de llamar unidad a una fotografía si detrás de ella continúa la disputa por candidaturas. Dejen de hablar de democracia mientras excluyen a los territorios que también forman parte de Nicaragua.
Y, sobre todo, dejen de creer que liberar Nicaragua significa simplemente sustituir a Ortega por ustedes. Porque si ese es el proyecto, el pueblo tiene derecho a preguntar: ¿Para qué luchamos?
Nicaragua no necesita otro dueño. Necesita una república. Una república donde ningún apellido esté por encima de la ley; donde ningún partido sea propietario del Estado; donde ningún gobierno pueda decidir arbitrariamente sobre los territorios ancestrales; donde la autonomía sea real y no decorativa; donde la Costa Caribe tenga voz y autoridad; donde las instituciones respondan al ciudadano y no al gobernante.
La transición verdadera no comenzará cuando se anuncie una junta. No comenzará cuando se firme un acuerdo en Washington. No comenzará cuando aparezca un candidato presidencial. Comenzará cuando la oposición deje de preguntarse quién gobernará Nicaragua y empiece a preguntarse cómo devolver Nicaragua a los nicaragüenses.
Y en esa Nicaragua, la Moskitia no será espectadora. No pedimos permiso para existir. No pedimos una cuota de poder. Exigimos participación, respeto, autonomía y dignidad.
Porque la democracia que excluye a la Moskitia no es democracia completa. La transición que ignora a la Costa Caribe no es transición nacional. Y una Nicaragua que cambia de gobierno sin cambiar su estructura seguirá siendo la misma Nicaragua.
Por eso nuestra posición es clara: No queremos un «quítate tú pa’ ponerme yo». Queremos que se termine para siempre la política de quienes creen que Nicaragua les pertenece. Porque Nicaragua no pertenece a Ortega. Pero tampoco pertenecerá a quienes esperan su turno para ocupar su lugar.
Nicaragua pertenece a su pueblo. Y ese pueblo también tiene rostro miskito, afrodescendiente, indígena y caribeño. La Moskitia no será espectadora de la próxima transición. Será protagonista de la construcción de la nueva Nicaragua.
El autor es portavoz del Movimiento Político Restauración de la Moskitia.